miércoles, enero 06, 2010

ACTIVISTAS ESPERAN JUICIO LIBRES

Gracias a la movilización de miles de personas en Argentina y el resto del mundo, los cuatro activistas de Greenpeace han sido liberados esta tarde. Sin embargo, todavía tienen que enfrentar un juicio con una posible sentencia de prisión.

Es por ello que necesitamos mantener la presión. Hacé click aquí y exigile a la justicia danesa que los absuelva por haber realizado una protesta pacifica en favor del planeta.

Juán, Nora, Christian y Joris pasaron 21 días en la prisión por realizar una protesta pacífica en la cena de gala que la Reina de Dinamarca, Margarita II, ofreció a los jefes de Estado el día anterior a la finalización de la Cumbre Climática de Copenhague. Fueron detenidos, aislados e incomunicados, en lo que constituye una medida desproporcionada y sin antecedentes para un reclamo pacífico.

Esta mañana se realizó una acción en la puerta de la embajada de Dinamarca en Argentina para denunciar la injusticia que se está cometiendo. Una joven activista encarnó a la sirenita del tradicional cuento infantil del autor danés Hans Christian Andersen, que detrás de una reja simulaba estar en una prisión.

De este modo, Greenpeace denunció en forma simultánea en varias capitales del mundo, que la detención de los cuatro ambientalistas en ese país es el único legado que hoy deja la diplomacia danesa, luego de su absoluta falta de liderazgo durante la cumbre climática de Copenhague.

Los cuatro activistas fueron presos por defender el clima y denunciar la inacción de los jefes de Estado ante el cambio climático. La justicia danesa intenta criminalizar una protesta pacífica que denunció valientemente la mayor tragedia ambiental de la actualidad.

Es por ello que seguiremos defendiendo el clima y reclamando a las autoridades mundiales un acuerdo ambicioso y justo para detener el cambio climático.

Gracias por tu compromiso.

Martín Prieto
Director Ejecutivo
Greenpeace

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miércoles, diciembre 30, 2009

PRESOS POR DEFENDER EL CLIMA

Desde el 17 de diciembre, cuatro activistas de Greenpeace están presos luego de una protesta pacífica realizada en la cena de gala que la Reina de Dinamarca, Margarita II, ofreció a los líderes mundiales el día anterior a la finalización de la Cumbre Climática de Copenhague.

Greenpeace junto a muchas otras organizaciones esperaba que los más de 120 Jefes de Estado que asistieron a la Cumbre adoptaran un acuerdo justo, ambicioso y vinculante para luchar contra el cambio climático –el problema ambiental más severo que enfrenta la humanidad–. Por ese motivo, nuestros activistas entraron a la cena, desplegaron carteles con la leyenda: “Los políticos hablan, los líderes actúan” y fueron detenidos.

La detención es inhumana y desmedida ya que privar a los activistas de su libertad y separarlos de sus familias y seres queridos en Navidad y Año Nuevo resulta inaceptable y fuera de toda proporción dado que la protesta no representó ninguna amenaza ni se utilizó la violencia.

En todo el mundo se están haciendo acciones para que la justicia danesa libere a: Juan López de Uralde, Director Ejecutivo de Greenpeace España, Nora Christiansen, Directora de Desarrollo de Greenpeace Nordic, Christian Schmutz, activista de Greenpeace Suiza y Joris Thijssen, responsable de la campaña de Cambio Climático de Greenpeace Internacional.

Hacé click aquí y exigí a la embajada de Dinamarca que libere a los activistas de Greenpeace.

Ellos arriesgaron su libertad para salvar el clima y ahora te necesitan para regresar a su casa antes de fin de año. Esperamos que vos y más personas de todo el mundo se unan a esta petición de liberación y se sumen a nuestros esfuerzos para actuar contra el cambio climático.

Un fuerte abrazo,

Juan Carlos Villalonga
Director de Campañas
Greenpeace

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martes, febrero 17, 2009

UNA MUERTE DIFERENTE

Capitán "post mortem" Aldo Garrido

Acaban de matar no sólo a un hombre, sino al símbolo de lo que el pueblo sueña como meta de la sociedad. Apuntaron directamente al alma de la gente, a sus esperanzas, a sus reservas morales. Lo hicieron con tranquilidad porque se saben protegidos por sospechosas organizaciones "defensoras de los derechos humanos" en nuestro país...

Los organismos de DD.HH. en Argentina, salvando las excepciones que confirman la regla, responden a intereses opuestos a los de la población en general, pues sus esfuerzos tienden a proteger a la delincuencia en desmedro de la gente decente.

¿Cómo esperar otra cosa de quienes han delinquido codo a codo con los peores criminales? Decir "derechos humanos" en Argentina es como contar un chiste que no hace reír a nadie porque todos lo conocen.

Los descarados DD.HH. encabezados por activistas, varios de ellos guerrilleros en los setenta y ochenta, son pantallas de grupos organizados que con su prédica y acciones están sembrando confusión e injusticia en la vida de los argentinos.

Cada vez se difunden más mentiras provenientes de esas oscuras organizaciones, ya que "miente, miente... que algo quedará". Intentan lavar los cerebros de los más jóvenes y distorsionar los recuerdos de los más adultos, para que la verdadera Historia sea puesta en duda y al final la gente termine creyendo los sucios inventos de estos falsos defensores de los derechos humanos.

Hoy cayó a manos de la lacra amparada por las organizaciones hipócritas de DD.HH., un hombre ejemplar, un policía que se ganó con honradez, honestidad y vocación de servicio el amor y reconocimiento de la sociedad. Lo mataron como varios de los integrantes de esas organizaciones truchas de "derechos humanos" asesinaron en el pasado a cientos de personas inocentes.

El hampa mimetizada con el poder es un arma sumamente peligrosa y corrosiva de la que tenemos derecho y obligación de defendernos.

¿Hasta cuándo soportaremos tanta desfachatez, tanto engaño, tanta corrupción "legalizada"?

¿Vamos a quedarnos esperando que conviertan a nuestro país en un enorme cementerio repleto de muerte?

Se les ha ido la mano. Otra vez se dejaron seducir por la soberbia y arrogancia que los caracteriza. Nuevamente se imaginan dioses inmortales, todopoderosos, impunes, como lo creyeron cuando mataban a mansalva detonando explosivos en cualquier parte o atacando a tiros o con lanzagranadas sin piedad ni remordimiento.

Son los mismos psicópatas de ayer, aunque hoy visten de primera y se dicen "señores" y "señoras". Los mismos delincuentes, los mismos asesinos. Ellos cubren a los enemigos de la sociedad, en definitiva a sus iguales, mientras el pueblo cada día sufre más el flagelo del crimen.

La muerte del Señor Aldo Garrido ha roto el molde de la costumbre, del peligroso hábito o resignación que se estaba adueñando de millones de personas desamparadas.

Este crimen ha golpeado profundamente a la gente que sostiene con sus impuestos a tantos mediocres y corruptos que ocupan puestos políticos sin darle nada a cambio a la sociedad.

Un asesinato que será bisagra en la historia de nuestro país, porque despertará muchas consciencias dormidas y dejará al descubierto los verdaderos rostros y prontuarios de los falsos defensores de derechos humanos que tienen nada de "humanos" y menos aún de "derechos".

Señor Capitán Aldo Garrido, Q.E.P.D., su heroica muerte no habrá sido en vano. ¡Dios lo tenga en Su Infinita Gloria!

José Manuel Franc

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HA SIDO REGLAMENTADA LA LEY DE BOSQUES

Gracias a tu reclamo logramos, por fin, la reglamentación de la Ley de Bosques. Gracias a tu llamado y a las más de 1000 personas que cada dia llamaron a Casa de Gobierno desde que comenzamos nuestra campaña, logramos hoy la tan demorada y necesaria reglamentación de la Ley de Bosques.

Hace un año, un millón y medio de argentinos conseguimos su sanción y ahora, nuevamente tu participación logró este paso fundamental en la defensa de nuestro patrimonio natural. Esto no hubiera sido posible sin vos. Muchísimas gracias.

La reglamentación firmada es vital para salvar los últimos bosques nativos que nos quedan. Desastres ambientales como los de Tartagal, provincia de Salta, demuestran lo que venimos advirtiendo desde hace años. La deforestación indiscriminada destruye la biodiversidad, deja desprotegidos nuestros suelos y altera la regulación natural de las cuencas de nuestros ríos. El valor de los bosques nativos es enorme por eso no nos podemos detener.

A partir de ahora es necesario que las provincias apliquen correctamente la Ley de Bosques para superar la emergencia forestal en la que nos encontramos.

La presión que logramos gracias a tu participación venció a los intereses económicos y políticos. La reglamentación de la Ley de Bosques, después de un año de exigirla, es hoy una realidad. Una vez más demostramos que se pueden lograr cambios. Gracias de parte de todos los que trabajamos y luchamos en Greenpeace día a día para defender el medio ambiente. Esta victoria de los bosques es tuya.

Vos te merecés un mundo mejor, tus hijos y tus nietos también. Para eso trabajamos. Sé vos también una de las personas que hacen posible, junto a nosotros, la defensa del medio ambiente. Hacé click aquí.

Gracias por tu compromiso.

Un fuerte abrazo,

Hernán Giardini

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sábado, enero 24, 2009

SALVEMOS NUESTROS BOSQUES

Hace un año, un millón y medio de argentinos logramos parar las topadoras con la sanción de la Ley de Bosques, pero el gobierno nacional aún no la reglamentó y los gobiernos de varias provincias no quieren ponerle fin a los desmontes.

Llamá ahora al Teléfono Rojo de Greenpeace al (011) 4000-5580. Te conectaremos con Presidencia para que le exijas a Cristina la urgente reglamentación de la Ley.

Debemos parar el boicot a la Ley de Bosques que promueven el gobierno nacional y las provincias más comprometidas con los desmontes, al demorar su reglamentación y no aplicar una política firme contra la deforestación.

Tu llamada puede evitar que vuelva la fiebre de las topadoras.

Llamá ahora mismo a la Presidenta al (011) 4000-5580 y pará el boicot a la Ley de Bosques. Salvá, junto a Greenpeace, los últimos bosques que nos quedan. Después de llamar, contanos qué te respondieron. Hacé click aquí.

Necesitamos tu ayuda urgente. El futuro de la Ley de Bosques está en tus manos.

No hay más tiempo que perder.

Un abrazo,

Hernán Giardini
Campaña de Biodiversidad

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miércoles, abril 02, 2008

NUESTROS HEROES OLVIDADOS

En este día que nos trae tantos recuerdos, parece una contradicción el título del artículo: “Nuestros Héroes Olvidados”. Pero es así, una realidad que debería llenarnos de vergüenza, porque la parte exitista de la sociedad y por otro lado el sector de los que no saben o no quieren conocer la verdad, han convertido a nuestro héroes de Malvinas en víctimas o culpables, cuando ellos merecen un tratamiento distinguido, destacado, junto al reconocimiento de toda la ciudadanía...

Que si fue un acto desesperado de un gobierno decadente; que si la aventura le costó a los militares la caída del poder; que si patatín o patatán... ¿quién habla de la entrega patriótica de miles de soldados en nuestro querido Sur?

Hasta se permiten la irreverencia, en programas de lo más grotescos, donde la creatividad y calidad brillan por su ausencia y el eje del producto “periodístico” o “artístico” es la burla, referirse a la gesta de Malvinas como un hecho bochornoso y olvidable.

Bochornosos son los pseudos periodistas, conductores, etc., que sin una pizca de educación y menos aún patriotismo (¿qué les estoy pidiendo a quienes se prestan a lo que sea por unos pesos?) utilizan los medios para hacer propaganda “antimalvinista”, sin importarles que en las islas quedaron las vidas de muchos compatriotas que creían en lo que estaban intentando.

La mayoría de los que tan negativamente hablan o escriben sobre la guerra de Malvinas, no tienen, estoy seguro, ni un poco del honor que nuestros héroes, la mayoría humildes y desconocidos, llevan en sus almas.

Esos resentidos que sólo ven el lado oscuro de aquella gesta, interiormente envidian a quienes fueron capaces de hacer algo grande por nuestro país. Una envidia que nace de la certeza de no ser otra cosa que mediocres oportunistas de la crítica fácil y “políticamente correcta”.

No les queda otra que desmerecer a los demás, tal como se los ve actuar en televisión o se los escucha por radio, buscando “emparejar” sus grises historias con las de quienes gozan de brillo.

Ensucian a los limpios para no ser los únicos sucios... ¡Qué asco!

Y mientras esas sombras sin bandera ni sentimientos patrióticos hacen sus travesuras, aplaudidos por ciertas minorías que destilan odio y jamás han hecho nada constructivo en beneficio del país, nuestros héroes continúan suicidándose, en realidad asesinados por el olvido y crueldad de muchos malos argentinos y otros tantos extranjeros que se arrogan el derecho de emitir juicios para los que no están moralmente habilitados.

La Historia, la grande, no la pequeñita manejada especulativamente por los intereses o poderes de turno, se encargará de poner en claro este episodio tan discutido. Sabremos, entonces, que la mayoría de los críticos y criticones, los que hoy se refieren a la guerra de Malvinas en tono despectivo, estaban quizás en los boliches de onda emborrachándose los sábados por la noche, comiendo asado bien regado con vino los domingos o en las canchas de fútbol vivando a sus equipos favoritos, absolutamente insensibles al dolor y la muerte de nuestros soldados que luchaban en las islas. Esos serán recordados como lo que son: “antihéroes”, que les dicen...

Y habrá un sitio especial, en las páginas de los libros y en los corazones de los argentinos, para nuestros soldados de Malvinas, que ya no serán Nuestros Héroes Olvidados.

¡Honor a Nuestros Héroes! ¡Viva la Patria!

José Manuel Franc

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jueves, agosto 16, 2007

EL HOMBRE SE PREGUNTA

Al principio el Hombre tomó contacto con cada maravilla de la Naturaleza y se detuvo a observarlas con curiosidad. Y a medida que pudo recorrer camino fue comprendiendo que poco o nada conocía de cuanto lo rodeaba, por eso desde entonces se pregunta...

¿Quién soy? ¿De dónde provengo? ¿Por qué y para qué nací? ¿Qué es la Vida? ¿Existe un Creador? ¿Puede ser el Universo producto de una casualidad? ¿Nuestro planeta es el único habitado por seres inteligentes? ¿Poseemos alma? ¿Qué significa la muerte? ¿Todo concluye cuando morimos? ¿Es real lo que veo, palpo y escucho o tan sólo una ilusión?

Desde el primer día el Hombre admiró los amaneceres y crepúsculos. Se sorprendió con las distintas fases de la Luna. Se inquietó ante los eclipses. Temió a las tormentas, relámpagos, rayos y truenos. Se embelesó con las brillantes estrellas de la noche. Escuchó aterrorizado el rugir de los volcanes. Calmó su sed bebiendo de las frescas y cristalinas aguas de fuentes y ríos de montañas. Conoció el placer de vivir en pareja. Asistió emocionado a nacimientos y muertes. Descubrió el fuego...

Al inventar la rueda inició una verdadera revolución que modificó sus métodos de desplazamiento. Comenzó a percatarse de las distancias y por ende del tamaño del planeta. Después se las ingenió para calcular el espacio que separa a la Tierra de otros cuerpos celestes. Y avanzó y jamás se detuvo, pero aun hoy continúa preguntándose lo esencial...


ALGUNAS CONSIDERACIONES

Es prudente hablar, cuando resulta oportuno hacerlo, de lo que sabemos o a consciencia creemos cierto, evitando la tentación de emitir opiniones sin fundamento que podrían causar más confusión que esclarecimiento.

Conocemos muy poco, comparado con la cantidad de preguntas sin respuestas que se agitan en nuestra mente.

Es aconsejable tomar cada pensamiento como referencia, pero no adoptarlo como una verdad absoluta.

La Verdad es Infinita y no puede ser abarcada en una frase ni en miles de libros.

Nuestra intención es ayudar a pensar, observar y escuchar, para así facilitar la comprensión de la realidad que nos rodea y de la que somos parte.

A continuación desgranaremos algunas conclusiones personales o colectivas que compartimos y apoyamos, pero que no son la única respuesta ni la verdad completa, tan sólo un atisbo de luz en el largo recorrido del aprendizaje.


NUESTRO LUGAR EN LA CREACIÓN

Somos parte del planeta Tierra que nos cobija. Pertenecemos a un sistema denominado Sistema Solar porque su centro es la estrella Sol. Miles de sistemas parecidos al nuestro nos acompañan en el inmenso espacio. A esa agrupación de sistemas y otros cuerpos celestes se la denomina Galaxia. Y nuestra galaxia ha sido bautizada con el particular nombre de Vía Láctea.

Resumiendo, podemos decir que la Tierra es parte del Sistema Solar y este último de la Vía Láctea, lo que determina nuestra pertenencia, como hijos de nuestro hermoso planeta azul, a la galaxia que nos contiene. Por lo tanto somos parte de la Tierra, del Sol y de todos los cuerpos celestes hermanos que integran la Vía Láctea. Y como esta última es un eslabón de la infinita cadena de conjuntos de cuerpos celestes que pueblan los universos, pues entonces cada uno de nosotros es una partícula de tan grandiosa maravilla.

Nuestros Cuerpos Físicos dependen, para existir, de los equilibrios y complementaciones entre los diversos cuerpos celestes de la galaxia. No somos entidades solitarias o independientes como algunas personas a veces creen. Todos –soles, planetas y habitantes– estamos íntimamente relacionados y regidos por Leyes Superiores ineludibles.

Pero no existe una única galaxia, sino infinidad, cada una conteniendo miles de sistemas solares y repitiéndose el modelo infinitamente. Billones de planetas tan habitables como el nuestro existen dentro y fuera de nuestra galaxia, lo que nos lleva a pensar que no estamos solos en la Creación.

La sensación de soledad que a veces inquieta a muchas almas proviene de la visión geocéntrica que aún se conserva a pesar de los avances de la Astronomía. Sabemos que la Tierra no es el centro de todo lo creado, pero no pocos hombres prefieren creer lo contrario. Una barbaridad que no puede sostenerse por lo ilógica y poco científica que resulta.

¿Es infantil pensar que multitudes de seres inteligentes podrían estar habitando diferentes planetas de nuestra galaxia o de otras? Creemos que lo más lógico es convenir en que las formas inteligentes de vida están repartidas en toda la Creación y no excluyentemente en nuestro planeta. Y este pensamiento absolutamente coherente nos trae felicidad y esperanza a nuestras mentes y almas.


NUESTRO PARENTESCO CON LA NATURALEZA

Un gran sector de la Humanidad cree –nosotros también– que no somos meros observadores de la Naturaleza, sino parte de la misma, más o menos lo dicho en párrafos precedentes.

Hijos de la Madre Tierra. Hermanos de los ríos y mares, de las plantas, de los animales, del viento, del fuego, de la lluvia, del calor y del frío.

Hijos y hermanos, parientes inseparables de todo lo creado, debemos respetar el equilibrio natural de cada escenario de nuestras vidas. La violación de tales leyes no escritas de convivencia trae aparejado un efecto negativo que al reiterarse puede poner en grave riesgo la habitabilidad de muchas regiones del planeta.

El calentamiento global, entre otras calamidades, es una consecuencia directa de la absoluta falta de amor y respeto de muchos hombres hacia el planeta que nos contiene. Rotas las leyes: destruidos los equilibrios.

Cada árbol es un pulmón que nos da salud y promesa de futuro, sin embargo la tala salvaje de bosques ha disminuido la calidad del aire que respiramos y provocado modificaciones de los ciclos de lluvias y otras condiciones naturales.

Muchos hombres han olvidado su parentesco con la Naturaleza y la están agrediendo sin piedad. El planeta se defiende de esos ataques y por eso se registran últimamente tantos fenómenos climáticos inusuales, ascenso o descenso del nivel de las aguas, desertización de suelos e inundaciones devastadoras, terremotos cada vez más frecuentes, así como la reaparición de plagas y enfermedades que se creían superadas.

Nada de lo que hacemos le pasa desapercibido al planeta. Así también éste influye en nosotros. Un ida y vuelta que deberíamos considerar con mayor atención y cuidado, si no queremos que el parentesco quede roto para siempre.


MÁS ALLÁ DE LO VISIBLE

Hasta ahora nos hemos referido a los aspectos visibles, más densos, de la Creación. Existen realidades que no podemos ver ni oír ni palpar, como por ejemplo los pensamientos. Son y están, aunque resulte casi imposible percibirlos con los sentidos físicos.

El hombre “civilizado” cree en lo que ve y/o comprueba científicamente, por tal razón se muestra reacio, salvo honrosas excepciones, a admitir la existencia de lo que no puede ver ni comprobar con métodos convencionales.

De esa brecha entre la realidad invisible y las dudas de los hombres se ocupan las religiones, ciertas filosofías y algunas ciencias y metaciencias no siempre apoyadas por los académicos.

Inquietudes sin respuestas, fenómenos inexplicables, experiencias sobrenaturales, infinidad de hechos y circunstancias que las ciencias convencionales no pueden clasificar ni explicar, son terreno de la fe o cuando menos de la intuición, así como de ciencias que van más allá de lo inmediato, de lo obvio y aceptado oficialmente.

Como ejemplo podemos citar a una rama de la ciencia que fue abriéndose camino a través del tiempo, a pesar de la resistencia de varios científicos y de ciertas religiones o grupos religiosos, del miedo de alguna gente y del escepticismo de muchos. Estamos hablando de la Parapsicología. En este punto conviene aclarar que no nos referimos a la deformación que de esta disciplina de investigación han hecho millares de oportunistas en el mundo.

Sea por comprobación científica, observación, intuición o conocimiento recibido de otros, es indispensable, para una mejor y más amplia comprensión de la existencia, ir más allá de las fronteras de lo tridimensional, de aquello que podemos ver con nuestros ojos...


ALGUNAS RESPUESTAS QUE PROPONEMOS

La muerte es un proceso propio de la existencia. No significa extinción, desaparición, sino cambio. Todo es Energía y como tal el Cuerpo Denso transforma su condición después de que acontece la muerte. La Energía Vital continúa en el Ser que ha desencarnado, no así en su cuerpo físico que ha dejado atrás. Significa que la vida sigue, trasciende, no se detiene, pero en un plano diferente, menos denso, más sutil y más independiente.

El Alma no es tridimensional, como tampoco la electricidad. Conocemos los efectos de una y otra, pero jamás las vemos, por lo menos no tan fácilmente como a los objetos.

El Cuerpo Etérico tampoco es tridimensional, sin embargo acompaña al cuerpo físico en toda su existencia. El alma habita el cuerpo físico y el cuerpo etérico lo rodea. Al morir una persona su alma y cuerpo etérico se transforman energéticamente, mudan de condición y retornan al Origen.

El Espíritu, que es superior al alma, así como la Mente, que no es el cerebro, continúan existiendo después de la transformación energética de lo que fueran cuerpo físico, alma y cuerpo etérico del ser desencarnado cuando era humano.

Estas energías de tan elevada categoría es lo que sobrevive del individuo más allá de la muerte física. En realidad estamos hablando del Ser en sí, aunque despojado de sus aspectos menos sutiles.

Por eso es posible la conexión entre “muertos” y vivos, ya que se efectúa espiritual y mentalmente.

Los contactos se realizan más asiduamente con los individuos “vivos” en estado de sueño, o sea mientras duermen, aunque no pocas veces se han registrado experiencias en estado de vigilia.

Generalmente los seres desencarnados se presentan como en sus mejores momentos cuando “vivían”, salvo que alguna situación los preocupe o entristezca.

No es bueno obsesionarse con los “muertos”, pues ellos deben cumplir sus metas de evolución. Amarlos y reconocerlos vivos, porque lo están en otra dimensión, es altamente recomendable, pero no debemos olvidar respetar las Leyes Superiores de Evolución, cada cual en su respectivo nivel y condición...

El Supremo Hacedor permite que los seres desencarnados realicen actos de ayuda y apoyo a los seres humanos, pero recién cuando se han cumplido determinadas etapas posteriores a la “muerte”. Nuestra misión o parte de la misma es hacer el bien, lo que explica por qué después de morir quizás nos dediquemos a guiar a los “vivos” en sus caminos de aprendizaje. Después de esa etapa de entrega y servicio existen otras superiores, mas no es tema que desarrollaremos en este artículo...


CONSIDERACIONES FINALES

Creer o descreer, aceptar o disentir, es parte del juego, sin embargo ninguna de las posiciones tendría que excluir a las demás, pues nadie posee la verdad absoluta.

El hombre ha encontrado muchísimas respuestas y a la vez le han surgido nuevos interrogantes, porque como dijimos antes: la Verdad es infinita.

Jamás podremos conocerlo todo con precisión, por lo menos no en nuestra condición de humanos.

En esta dinámica de buscar y encontrar y volver a buscar se hace saludable actuar con mente abierta y una gran dosis de humildad.

Mente abierta para aceptar como posible aun aquello que no se encuadra dentro de nuestras creencias o previsiones. Humildad para admitir que somos extremadamente limitados y por ende siempre discípulos, jamás maestros.

Cuando el enfoque se realiza desde un ángulo estrecho de visión y egocéntricamente, aparecen los fundamentalistas, no sólo en las religiones, sino en el terreno de las ideologías y hasta de las ciencias.

Entonces el disenso, tan natural entre seres que apenas conocen una partecita de la verdad en discusión, se torna altamente ofensivo y llega a ser considerado una blasfemia o un acto de traición, produciéndose roces cada vez más ásperos que pueden culminar en sangrientos ataques mutuos entre las partes.

En el fondo, esos hombres egocéntricos, intolerantes, autoritarios, han olvidado que son humanos y se creen dioses.

Actitudes que retrasan el desarrollo del Conocimiento, interrumpen el normal transcurrir de la vida, alteran los ciclos de Evolución y nos ponen al borde de la destrucción parcial o total de la Humanidad.

¿Queremos saber o imponer? ¿Pretendemos avanzar o detener la marcha de los demás? ¿Buscamos la verdad o engañarnos con falsas versiones de la misma?

El hombre se pregunta, pero no siempre se responde a sí mismo acertadamente...

Pulcius Doni

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martes, enero 09, 2007

EL MATE: CUALIDADES Y SECRETOS

—¿Qué les parece si antes de leer el artículo se preparan unos matecitos? ¡Se van a sentir más a tono con el espíritu de la letra! ¡Buen provecho...!



Un agradecimiento muy especial a nuestra querida gran amiga Doña Chichonga, por habernos permitido ilustrar con su fotografía esta publicación.



Introducción

Según los entendidos, el vocablo MATE en voz castellanizada proviene del quechua MATI y significa vaso o recipiente para beber.

La palabra mate, entonces, designa al recipiente en que se sirve la infusión, pero de igual modo a la infusión en sí. Por eso decimos: “Se rompió el mate, tendré que comprar otro”. O, cuando de tomarlo se trata: “¡Qué sabroso está el mate!”

Cuando ofrecemos “un mate” no estamos pretendiendo obsequiar el recipiente, sino convidar la infusión cebada con la intención de agasajar a alguien.


Pasos previos

Se pueden utilizar cualquiera de los recipientes imaginables para cebar mate. En el mercado local existe una variedad increíble de mates, desde los típicos de calabaza, madera o metal, hasta los de pezuña, hueso, acero inoxidable, plata y oro, etc.

La elección del recipiente dependerá, entonces, del gusto del cebador.

Al decir de un prestigioso estudioso del tema, las mateadas más gustosas son las que se hacen usando de recipiente una calabaza seca, pues ésta tiene la cualidad natural de adquirir el sabor propio de la yerba.

Al mate de calabaza se lo cura llenándolo con yerba nueva y agua a unos ochenta grados. Se lo deja en reposo unas ocho horas y se renueva la operación, no olvidando raspar muy bien el fondo para extraer los restos de materia orgánica.

La bombilla también necesita un proceso previo antes de ser usada: se la debe hervir durante diez minutos en agua con tres cucharaditas de bicarbonato de sodio.


Preparación

1. Ahora que los instrumentos ya están listos, es posible preparar el mate. Al recipiente se le debe poner yerba hasta sus dos terceras partes de capacidad. Es importante que ésta sea de buena calidad y que sus componentes –palo, polvo y hojas– estén en cantidades equilibradas.

2. Luego hay que dar vuelta el mate y sacudirlo con fuerza, para que el polvo excedente quede en la mano y la yerba se acomode sobre uno de los costados.

3. En el espacio que queda vacío hay que verter un poco de agua fría o tibia y dejar que se absorba: esto permitirá que el mate conserve durante más tiempo su gusto y sea suave (y que la yerba no se “queme”).

4. Cuando se introduce la bombilla hay que taparle el pico hasta acomodarla.

5. Ya entonces se puede agregar el agua –de pava o termo–, que debe estar a unos setenta u ochenta grados. Se debe tener precaución de no mojar toda la yerba, para que la parte seca sirva de repuesto cuando el mate se vaya lavando.

6. Por último, un consejo muy útil: no dejen pasar mucho tiempo entre una cebada y la otra.


Comentario

El mate, como hemos leído hasta aquí, es más que un recipiente o una infusión. Es un ícono de nuestra cultura nacional.

No existe lugar en Argentina donde el mate no sea apreciado como una parte entrañable de la propia vida.

Es compañero de trabajo o estudio, excusa para reunirse los amigos, amable principio de noviazgos, estimulante natural, diurético, laxante, digestivo, alimento leal en momentos de escasez, inicio y remate de cada jornada... ¡un verdadero ritual...!

Por eso, porque hay mucho para hablar del mate y no nos alcanzaría el blog completo, nos ha parecido apropiado abrochar esta publicación con algo muy lindo que le escuchamos decir por radio un día a Lalo Mir y que les ofrecemos a continuación.

Tomás Matienzo ;-)




EL MATE

El mate no es una bebida. Bueno..., ¡sí...!: es un liquido y lo ingerimos por la boca. Pero no es una bebida...

En este pais nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse la cabeza cuando se está pensando.

El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien y te hace pensar cuando estás solo.

Cuando alguien llega a tu casa la primera frase es “Hola” y la segunda “¿Tomamos unos matecitos?”

Esto ocurre en todas las casas. En las de los ricos y en las de los pobres.

Entre mujeres charlatanas y chismosas, y también entre hombres serios o inmaduros.

Entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan.

Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni poner mala cara.

Peronistas y radicales ceban y toman mate sin preguntar.

En verano y en invierno.

Es lo único en que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.

Cuando tenés un hijo le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar. Y se sienten grandes.

Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo.

Despues ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.

Cuando conocés a alguien por primera vez, le convidás unos mates.

La gente pregunta, cuando no hay confianza: “¿Dulce o amargo?”. El otro responde: “Como tomes vos”.

Los teclados de Argentina están todos manchados de yerba.

La yerba es lo único que hay siempre en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas.

Y si un día te quedaste sin yerba, un vecino tiene y te da, porque eso no se le niega a nadie.

Este es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez, solos, unos mates.

No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto es que ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo... ¡pero no es un día cualquiera!

Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un mate solos. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones.

Matear es nada más y nada menos que un intercambio de valores...

Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena. La charla, no el mate.

Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar. Vos hablás mientras el otro toma y viceversa.

Es la sinceridad para decir: “¡Basta, cambiá la yerba!”

Es el compañerismo hecho momento.

Es la sensibilidad al agua hirviendo.

Es el cariño para preguntar, estúpidamente: “¿Está caliente, no?”

Es la modestia de quien ceba el mejor mate.

Es la generosidad de dar hasta el final.

Es la hospitalidad de la invitación.

Es la justicia de uno por uno.

Es la obligacion de decir “¡Gracias!”, al menos una vez al día.

Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir.

Ahora vos sabés: un mate no es sólo un mate...

(Editoriales Lalo BlaBla, Radio Mitre)

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sábado, enero 06, 2007

FUEGO DEL AYER

Luego de escribir el artículo “La Voz de mi Alma” sentí revivir, con fuerza increíble, infinidad de momentos de mi pasado que creía olvidados. Gente muy amiga me instó a publicar esos recuerdos para compartirlos con quienes hayan experimentado similares vivencias o nunca conocido esos capítulos de nuestro ayer porteño. Hoy les ofreceré “Las fogatas de San Pedro y San Pablo”.

Los chicos de las distintas cuadras, a las que pomposamente denominábamos “barrios”, nos disputábamos las ramas de los árboles que podábamos selectivamente, siempre buscando las más secas, aquellas que en su momento ardieran más fácilmente.

Luego de cortarlas las guardábamos en las copas más altas, pero durante las noches eran extrañamente cambiadas de lugar por invisibles “duendes” que no cesaban de repetir tales travesuras hasta la última jornada previa a las grandes “fogaratas”.

Después de todas esas “mudanzas” las cantidades de ramas terminaban siendo repartidas por igual entre los chicos de los “barrios”, previa intervención oficiosa de padres y vecinos en general que no querían vernos pelear.

Llegado el 29 de Junio armábamos la estructura de la fogata durante la tarde, no demasiado temprano, apenas unas horas antes de la noche, para evitar que la policía o alguna cuadrilla municipal nos tirara abajo todo.

Las señoras y chicas del barrio se encargaban de preparar un muñeco, por lo general tan grande como un hombre adulto, al que vestían con telas muy coloridas y hasta le ponían sombrero. Ese muñeco sobresalía unos dos metros de lo más alto de la “montaña” de ramas, maderas y trapos, siendo visible desde más de cinco cuadras de distancia en línea recta.

La noche nos reunía a chicos y grandes alrededor del proyecto compartido por casi todo el vecindario.

En un determinado momento aparecían las antorchas encendidas por los mayorcitos y la fiesta comenzaba. Las llamas subían lentamente por las ramas mitad secas mitad verdes y nosotros gritábamos, fascinados por el serpenteo del fuego, mientras la gente más grande se reía y aplaudía.

Eran escenas maravillosas, diferentes a las de todos los días, donde nadie se sentía ajeno a la celebración. Por unas horas, padres e hijos, abuelos y nietos, tíos y sobrinos, cumplíamos ese ritual que se repetía anualmente y durante el cual las edades de las personas desaparecían mágicamente hasta convertirnos todos en pibes.

El muñeco empezaba a incendiarse y los gritos de euforia se multiplicaban, hasta que poco a poco las llamas mermaban y comenzaban a acumularse las cenizas donde minutos atrás estaban las ramas que tanto trabajo nos había costado juntar. Entonces nos espantábamos bastante al descubrir el asfalto derretido en forma circular en medio de la calle.

Casi siempre al final de la fiesta, nunca antes, aparecía “el autito”, que así denominábamos al patrullero de la policía, pero los uniformados se limitaban a llamar a alguna persona mayor y recomendarle que tuviéramos cuidado de no provocar ningún incendio, después de lo cual se retiraban del lugar y no volvían, aunque los veíamos dar vueltas a un par de cuadras de distancia.

Entonces, en las brasas que aún restaban, poníamos a asar papas y batatas que luego retirábamos con palitos y las comíamos sin salarlas, apenas limpiándoles las cenizas que las cubrían. Nos reíamos y disfrutábamos mucho esos “manjares” que nos repartíamos amistosamente.

A la mañana siguiente, apenas abrían las puertas los comercios, la cuadrilla municipal reparaba el asfalto dañado y ese manchón negro nos recordaba, durante meses, la “fogarata” de San Pedro y San Pablo que habíamos armado más grande y pintoresca que ningún otro “barrio” a la redonda...

J. E. M.

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viernes, diciembre 01, 2006

ANOREXIA

La Anorexia es una enfermedad que está haciendo estragos entre la población joven y adolescente de algunos países de Occidente.

No se conocen sus causas, aunque se han descubierto ciertos factores que favorecerían su aparición y progreso.

Precisamente esos elementos son tenidos muy en cuenta por los especialistas para efectuar sus diagnósticos, a saber: 1) características genéticas y biológicas; 2) entorno familiar; 3) conflictos psíquicos; 4) presiones y expectativas sociales.

A este cuarto grupo deseo referirme, pues es el que más daño provoca y del que poco o nada se ocupan quienes poseen herramientas para hacerlo.

La influencia social está presente en todo momento, desde las pantallas de los televisores hasta las playas de veraneo. La meta es perder peso para poder vestir prendas cuyos talles han sido reducidos en dos o más medidas.

Ciertas campañas publicitarias, dirigidas al segmento joven de la población, hacen hincapié en la belleza estética según parámetros caprichosos que proponen cuerpos excesivamente delgados, casi esqueléticos, como paradigmas de la elegancia femenina.

Los desfiles de modas son vidrieras donde se exhiben los tics más extravagantes de la sociedad. Sin palabras, tan sólo con imágenes, provocan en el público más joven y especialmente en las chicas adolescentes, la necesidad imperiosa de recurrir a cualquier medio con tal de parecerse a las modelos de cuerpos descarnados y rodillas salientes que triunfan en las pasarelas.

Los enfermos de Anorexia tienen una visión distorsionada de sus propios cuerpos, al extremo de imaginar “rollos” donde sólo hay piel y huesos, lo que convierte a esta gente en fáciles presas de los mercaderes de la muerte disfrazados de empresarios textiles y comerciantes de prendas de vestir.

Por supuesto que no es justo generalizar, pues existen no pocos empresarios y comerciantes del rubro que honran a sus profesiones, pero también es cierto que un grupo muy influyente de fabricantes y distribuidores ha optado por multiplicar sus ganancias recurriendo a cualquier medio, por ejemplo falsear groseramente las medidas reales de los talles.

A esos ambiciosos no les alcanzó con recortar por abajo y luego arriba y más tarde otro poco abajo y después otro tanto arriba las polleras y demás prendas, maniobra que les reportó una impresionante masa de dinero que resulta escandalosa, sino que fueron por más y así aparecieron, por ejemplo, talles 40 que en realidad son 36 ó 34, una estafa de consecuencias terribles para la salud de los compradores.

En Argentina se ensayó una especie de regulación, por denominarla de algún modo, de la venta de ropa en los comercios, exigiéndose variedad de talles como para proveer a todo tipo de clientes, pero tanto los fabricantes como sus distribuidores y bocas de expendio al público ofrecieron resistencia inusitada, incluso con intervención de la Justicia, contra esa medida que proponía un ejercicio más racional y saludable de esta actividad. Al poco tiempo fueron allanados algunos de los tantísimos talleres clandestinos de confección de prendas de vestir que existen, quedando al descubierto una cadena denigrante de explotación humana que tenía y tiene como únicos beneficiarios a esos malos empresarios, responsables en gran medida del aumento diario de casos de Anorexia en nuestro país.

¿Quién le pone el cascabel al gato?

¡Se trata de la salud de miles de niñas y jovencitas que podrían morir si nadie hace nada al respecto!

Cada año son menos los jóvenes y niños que reciben adecuada formación dentro y fuera de sus familias. La educación ha sido relegada y prácticamente está ausente en las actividades diarias de la población. Cada día se habla peor y se piensa menos. Los valores morales han sido desplazados por falsos preceptos sociales que privilegian el poder económico, el placer, la apariencia y la fama por sobre cualquier otro bien en el mundo. En este difícil contexto algunos medios siembran más confusión en vez de esclarecer.

Así estamos. ¿Y después?

No todas las personas enfermas de Anorexia fallecen a consecuencia de esta enfermedad, pero el riesgo les cabe y también la sombría amenaza de salvarse pero quedar gravemente afectadas de por vida.

Esta cuestión excede con creces el terreno de lo comercial, artístico y/o publicitario, porque las malas artes de ciertos irresponsables significan una tremenda amenaza a la integridad física y psíquica de los jóvenes.

Por eso es imprescindible contar con herramientas legales que nos permitan frenar y penar severamente a quienes desde los medios de difusión, campañas publicitarias, desfiles de modas, diseño y elaboración de prendas de vestir, etc., confundieran a los adolescentes y los arrojaran a la Anorexia.

Creo que en vez de estar discutiendo proyectos surrealistas, como el de la obligatoriedad para los cónyuges masculinos de compartir las tareas domésticas con sus mujeres, las cámaras de legisladores deberían estar abocadas a la creación de leyes que regulen las actividades antes mencionadas y prevean castigos ejemplificadores para quienes dentro de ese marco provocaran por acción u omisión daños graves, gravísimos o la muerte de adolescentes, jóvenes y/o adultos.

Y para concluir se me ocurre esta pregunta: ¿sabe Ud. que la Anorexia no afecta a las franjas de población carentes de suficiente alimentación? Lo preocupante en esos casos es la desnutrición, consecuencia de la escasez involuntaria que padecen esas personas, pero no hay anoréxicos entre las mismas.

Para meditarlo, ¿verdad?

Patricio Junco

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jueves, agosto 17, 2006

FINAL EN BOULOGNE-SUR-MER

“La visión de San Martín”, de Luis de Servi.

Hoy se cumple un aniversario más de la muerte del Padre de la Patria. Para honrar a nuestro prócer máximo hemos decidido publicar un excelente artículo que nos ayudará a rememorar sus últimos instantes...

A comienzos de 1848, San Martín y su familia se hallaban en su casa de la Rue Saint Georges 35, en París. En el mes de febrero se desató el movimiento revolucionario que instauró la Segunda República, entre graves desbordes populares y sangrientas luchas callejeras. Lo tumultuoso de los acontecimientos y lo confuso de la situación instaron al Libertador a alejarse de aquel foco conflictivo y radicarse, temporalmente, en sitio más retirado y apacible. Lo decía en carta a Juan Manuel de Rosas, del 2 de noviembre de ese año: “Para evitar que mi familia volviese a presenciar las trágicas escenas que desde la revolución de febrero se han sucedido en París y ver si el gobierno que va a establecerse según la nueva constitución de este país ofrece algunas garantías de orden para regresar a mi retiro campestre (Grand Bourg) y, en el caso contrario, es decir, el de una guerra civil –que es lo más probable– pasar a Inglaterra y desde ese punto tomar algún partido definitivo”.

Elige, pues, para esta etapa transitoria –que será la final– la ciudad de Boulogne-sur-Mer, en el departamento Paso de Caláis, en la costa norte francesa sobre el canal de la Mancha. San Martín se trasladó hacia allí el 16 de marzo de 1848. “Este puerto, que agrada mucho a mi padre...”, escribía Balcarce a Alberdi. En efecto, la ciudad le era grata al general por ser marítima, según las razones aducidas en su carta, y porque el ferrocarril les aseguraba fácil acceso a París, tanto para las ocupaciones propias de Balcarce como, quizás, para las consultas médicas, cada vez mas frecuentes, de San Martín.

La familia se instaló en los altos de la casa situada en la Grand Rue 105, propiedad del abogado Alfred Gerard, director de la Biblioteca Pública de la ciudad, quien ocupaba la planta baja del edificio. Hasta aquel sosegado retiro le llegaron a San Martín las insistentes invitaciones de tres gobernantes de países americanos para que se trasladara a las patrias que había ayudado a fundar: Argentina, Chile y Perú. La decisión de vender su dilecta residencia de Grand Bourg, concretada el 14 de agosto de 1849, parecía confirmar su decisión de alejarse de la convulsionada Francia. Solamente rescató los muebles y pertenencias de su dormitorio, que trasladó a su habitación de Boulogne-sur-Mer, y que hoy se hallan resguardados en una sala de nuestro Museo Histórico Nacional, respetando la distribución que tuvieron en los altos de Gerard. Estos muebles revelan la sobriedad de ambientes en que desarrollaba su vida cotidiana, pautada por hábitos estoicos.

En Boulogne-sur-Mer se agudiza el mal de cataratas en ambos ojos, que empezó a presentarse en 1845 y que había de limitarlo sensiblemente provocándole una acentuada desazón. La ceguera gradual le impidió el goce de la lectura, a la que era tan afecto, y la redacción de sus cartas, de lo que se lamenta en reiteradas ocasiones. También lo obligó a una mayor reclusión y a espaciar sus paseos vespertinos con sus nietas Mercedes y Josefa, por las que tenia entrañable cariño y quienes a veces le servían de lazarillo. El mismo había dicho, veinte años antes, en una carta al general Miller, en la que se quejaba de su incómodo reumatismo: “en casa vieja todas son goteras”, valiéndose de un refrán de los que acostumbraba incluir en su correspondencia y en su charla informal.

A los males padecidos por años, otros siguen desgastando su trajinado organismo. “Me resta la esperanza de recuperar mi vista el próximo verano, en que pienso hacerme la operación a los ojos. Si los resultados no corresponden a mis esperanzas, aún me resta el cuerpo de reservas (en evidente alusión castrense), la resignación y los cuidados y esmeros de mi familia”. La anhelada intervención quirúrgica, efectuada en la primavera del año siguiente, apenas si le restituyó algo de su vista. Ese mismo año tuvo un nuevo ataque de cólera y recrudeció su gastritis crónica –que tanto le afectó en sus campañas militares– con vómitos de sangre y punzantes dolores. También se agravó su úlcera.

A fines de la primavera de 1850 se trasladó, para atenuar sus dolencias, a los baños termales de aguas sulfurosas de Enghien, cerca de París. Permaneció allí hasta el mes de julio, recuperándose parcialmente. Su hija y yerno intentaron disuadirlo de regresar a Boulogne-sur-Mer, considerando la humedad de su clima, pero fue en vano. Escribe Mariano Balcarce: “no pudo, por el mal tiempo, hacer el ejercicio que le era necesario; perdió el apetito y fue postrándose gradualmente. Aunque sus padecimientos destruían sus fuerzas físicas y su constitución, que había sido tan robusta, respetaban su inteligencia. Conservó hasta el último instante la lucidez de su ánimo y la energía moral de que estaba dotado en alto grado”.

El día 6 de agosto salió a dar un paseo en carruaje –ya que le era imposible hacerlo a pie– y volvió tan extenuado que debió ser auxiliado para descender del coche y subir las escaleras hasta su dormitorio. El día 13, por la noche, fue atacado por agudos dolores de estómago y debió recurrir a una fuerte dosis de opio para amenguarlos. Como única manifestación frente al padecimiento, dijo a su hija, que lo asistía con la ternura de siempre: “C'est l'orage qui mene au port!” (“Es la tempestad que lleva al puerto”). Doble delicadeza del padre que se vale del francés y de una metáfora para expresar su sensación del inminente fin y no agravar el dolor de su hija.

Al día siguiente amaneció amortecido, pero, en medio de una fiebre alta, se recuperó. En la mañana del 17 de agosto, se mostró con aparente mejoría y pidió pasar a la habitación de su hija y escuchar la lectura de los periódicos.

El doctor Jardón, que lo atendía, lo visitó y aconsejó la asistencia de una hermana de caridad para secundar a Mercedes en la atención que el enfermo requería. Hacia las dos de la tarde rodeando su lecho su hija, su yerno, las niñas y Francisco Javier Rosales –encargado de la representación de Chile en Francia–, se produjo una nueva crisis de gastralgia y fue recostado en el lecho de su hija: “Mercedes, ésta es la fatiga de la muerte...”.

Sus últimas palabras fueron para pedir a Mariano que lo condujera a su habitación. A las tres de la tarde expiró.

Registrado oficialmente el deceso, se embalsamó el cadáver y el día 20, poco después de las seis de la mañana, salió de la casa de Gerard un reducido cortejo que se detuvo, para un responso, en la iglesia de San Nicolás. Después, la triste procesión continuó hacia la catedral de Nuestra Señora de Boulogne donde, gracias a los buenos oficios del abate Haffreigue, sus restos fueron depositados en la cripta catedralicia. Allí reposarían hasta su traslado, en 1861, al panteón familiar en el cementerio de Brunoy.

Tres testimonios directos nos ofrecen sus impresiones sobre los penosos días del Libertador en Boulogne-sur-Mer: las cartas de su yerno y los artículos necrológicos de Félix Frías y de Albert Gerard.

Frías lo encontró durante su ultimo viaje a los baños termales: “en algunas conversaciones que tuve con él en Enghien... pude notar un mes antes de su muerte, que su inteligencia superior no había declinado. Ví en ella el buen sentido, que es para mi el signo inequívoco de una cabeza bien organizada”. Conversó con San Martín sobre Tucumán, Rivadavia, los años de su Tebaida cuyana, el estado actual de Francia y las cualidades de los franceses. “Su memoria conservaba frescos y animados recuerdos de los hombres y de los sucesos de su época brillante. Su lenguaje era de tono firme y militar, cual el de un hombre de convicciones meditadas. Pero, hacía algún tiempo que el general consideraba próxima su muerte, y esta triste persuasión abatía su ánimo, ordinariamente melancólico y amigo del silencio y del aislamiento... Su razón, sin embargo, se ha mantenido entera hasta el último momento”. Frías arribó a la casa de San Martín pocas horas después de su muerte: “En la mañana del 18 tuve la dolorosa satisfacción de contemplar los restos inanimados de este hombre, cuya vida está escrita en páginas tan brillantes de la historia americana. Su rostro conservaba los rasgos pronunciados de su carácter severo y respetable. Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho y otro entre dos velas que ardían al lado de su lecho de muerte. Dos hermanas de caridad rezaban por el descanso del alma que abrigó aquel cadáver”.

Gerard publicó su artículo en “L'Impartial” de Boulogne-sur-Mer y en él decía de su huésped: “El señor San Martín era un lindo anciano de elevada estatura, que ni la edad, ni la fatiga, ni los dolores físicos habían podido doblegar. Sus rasgos fisonómicos eran muy expresivos y simpáticos, su mirada viva y penetrante, sus modales llenos de amabilidad... Su conversación, fácil y jovial, era una de las más atractivas que he escuchado”.

Las más significativas cartas de San Martín, en sus dos últimos años, fueron las dirigidas a Juan Manuel de Rosas y al mariscal Ramón Castilla, presidente del Perú. Es común, en ambas correspondencias, el espacio que destina al análisis de la situación política de Francia en el marco europeo –más explayado en las dirigidas al presidente peruano– de apreciable densidad y nitidez conceptual, que ratifican su lucidez mental pese al deterioro físico. También es común su gratitud para con las gestiones y ofrecimientos que le hacen los dos mandatarios.

La carta del 11 de noviembre de 1848, dirigida a Castilla, contiene una apretada pero relevante “autobiografía” que merece una detenida relectura y que cierra así: “A la edad avanzada de setenta y un años, una salud enteramente arruinada y casi ciego, con la enfermedad de cataratas, esperaba, aunque contra todos mis deseos, terminar en este país una vida achacosa; pero los sucesos ocurridos, desde febrero, han puesto en problemas dónde iré a dejar mis huesos”. Sería ocioso destacar la elocuencia lacónica de estas palabras y el drama que representan. Cuando se le presentaban propuestas para volver a alguna de las tres patrias que libertara, que lo esperanzaban, no pudo emprender el retorno al seno americano porque la muerte lo libró de todos sus afanes.

Una comisión de argentinos, en París, promovió y concretó, en 1909, la erección de una estatua ecuestre del Gran Capitán en Boulogne-sur-Mer, obra del escultor francés Henri Allouard. En el acto inaugural destacó la memorable pieza oratoria de Belisario Roldán: “¡Padre nuestro que estás en el bronce...!”

En carta a Balcarce, el señor Gerard había escrito: “Nos envanecía la posesión de un hombre de esa edad y un carácter tan grande bajo este techo que nos abriga. Esta casa estaba santificada a nuestros ojos. El gobierno argentino, en 1926, adquirió la casa que fuera hogar postrero del Libertador”.

La iconografía ha fijado para siempre algunas instancias de aquella etapa de Boulogne-sur-Mer. La única fotografía del anciano, en esos años, es el daguerrotipo parisino de 1848. Sobre él trabajó su aguafuerte Edmond Castan, difundiendo la imagen del gran viejo de cabeza blanca, algo ennegrecido todavía el bigote y las cejas, erguido en su asiento. El retrato de Christiano Junior (1870) lo muestra con similar atuendo al del daguerrotipo. Hacia 1871, el italiano Epaminondas Chiama pintó a San Martín anciano luciendo traje militar. María Obligado de Soto y Calvo nos presentó un “San Martín en su lecho de muerte”. Otra visión magnifica es la conocida de Antonio Alise, “San Martín en Boulogne-sur-Mer”, de pie sobre una roca, mirando el horizonte que clarea sobre el mar de la Mancha, en tanto el viento se engolfa en su capa negra. Simbólica es también “La visión de San Martín” de Luis de Servi, cuadro en el cual el anciano se ve rodeado por una nube que encierra esfumadas escenas de los momentos decisivos de su esforzada vida, como una objetivación de recuerdos que rondan y acompañan al olvidado en su ostracismo.

Pedro Luis Barcia

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sábado, julio 22, 2006

LA VOZ DE MI ALMA

Nacido y criado en un hogar humilde, aprendí desde muy pequeño a valorar el pan en la mesa, la familia reunida y los libros que mis padres me regalaban cada vez que podían.

Crecí leyendo, escribiendo, dibujando mis propias historietas e intercambiando revistas usadas con los chicos del barrio.

Nunca pedí demasiado, más bien me cuidaba de insinuar que sentía ganas de comer algo en especial o de tener un par de zapatos como el de fulanito...

Veía a mis padres luchar con dignidad en pos de algún progreso, en medio de la escasez que jamás fue miseria ni hambre ni vergüenza... y mi corazón latía muy fuerte cuando a hurtadillas les observaba los rostros y descubría en sus ojos la paz de los buenos.

¡Cuánta admiración, casi veneración, despertaron en mi interior mis amados padres! No olvido a mi madre, muy delgada en ese momento, padeciendo una anemia que la doblegaba, lavando a mano la ropa en aquella pileta de cemento del patio del inquilinato. Yo le cebaba mate y me sentía muy “agrandado” de hacerlo bastante bien con mis escasos cinco años y mi nada de experiencia.

Recuerdo que cuando mi madre salía para hacer algún mandado yo me apuraba a limpiar todos los muebles de la única pieza que teníamos, que a la vez era comedor y cuarto de estudio, para que al volver ella sintiera el aroma tan especial del lustramuebles y se pusiera contenta.

A veces me dejaban jugar con ese avión grandote de madera maciza que hasta hélices que se movían tenía. ¡Y cómo me gustaba armar autitos, grúas y robots con el “meccano”!

Los chicos también nos divertíamos escuchando la radio, más o menos a las seis de la tarde, siempre que estuvieran terminados todos los deberes, soñando con las aventuras de Tarzán, Sandokán y tantos otros héroes invisibles de los que apenas conocíamos sus voces.

Mi papá me hizo algunos barriletes muy grandes, media bomba y media estrella, con varillitas de madera de una cortina vieja y papel de envolver, todo pegado con engrudo casero, que hacíamos remontar vuelo en el parque Avellaneda con un ovillo de hilo chanchero que a veces me cortaba los dedos.

A unas cuadras de casa había un comercio que vendía “miel pura de abejas” de varios gustos, según las flores, y allí íbamos con mi mamá a comprar esos frascotes repletos de tan rico alimento que después me gustaba comer con pan y manteca. Cuando la miel se terminaba tomaba la leche acompañándola con rebanadas de pan con manteca y azúcar. ¡Qué ricas eran esas meriendas!

Cuando murieron esa nena del barrio y al poco tiempo la hijita de una conocida de mi mamá, no supe qué hacer en los velorios, donde todos los chicos estábamos con guardapolvos blancos y la gente murmuraba “meningitis”.

Tampoco entendí por qué ese compañerito mío de la escuela Eva Perón se enfermó de parálisis y no pudo caminar más. Me asusté cuando no me dieron la vacuna, porque pensé que podría enfermarme como los demás, pero los médicos dijeron que yo estaba inmunizado porque mi mamá había padecido de niña la “polio”. Todos los vecinos, grandes y chicos, lavábamos las calles y veredas con agua y jabón y luego les echábamos “acaroína” para matar los “bichitos” de la “polio”. Pintábamos con cal los árboles y postes y cordones. Después supimos, pasados muchos años, que ninguna de esas medidas de prevención servían para nada, pero de igual manera creo que nos ayudaron a no sentir tanto miedo.

Me dolía saber que mi mamá, tan inteligente y con esa vocación por el estudio que siempre tuvo, se vio obligada a dejar la escuela primaria porque algunas madres de otras alumnas del establecimiento se quejaron de que una enferma de “polio” se sentaba cerca de sus hijas. Creo que durante algunos de esos ratos de llanto contenido nació en mi interior este amor tan grande hacia mis hermanos con problemas de salud...

Fui creciendo a los tirones, un poco niño y otro poco “adulto”, porque se nos exigía mucha responsabilidad por aquellos tiempos y no siempre se aceptaba que nos comportáramos infantilmente. En voz muy baja y sin que los mayores se dieran cuenta me enteré de cómo nacían los bebés, que era mentira que los traían las cigüeñas y que la verdad era que las señoras llevaban a los chiquitos dentro de la panza. Un día me toqué la boca, encima del labio superior, y casi me desmayo porque me había crecido vello. ¡Qué vergüenza ese período!

Luego de esa etapa, a los “doce años para trece”, nos mudamos a la provincia, a un lugar que nos gustaba mucho porque el sol nos tostaba enseguida como si estuviéramos en la playa. ¡Qué satisfacción jugar a la pelota en los potreros! Un compañero mío de sexto grado (ahora sería séptimo) iba a la escuela a caballo, porque vivía muy lejos y ese colegio era el único en toda la zona. Recuerdo que ese chico me pasaba a buscar algunas tardes por casa y juntos paseábamos en el caballito blanco con manchas negras.

A muchos chicos no invité a mi casa, porque cuando nos mudamos era una construcción hecha de ladrillos montados en barro y cal, con techos de chapas de cartón, y no teníamos comodidades como para ofrecerles a personas acostumbradas a otras condiciones. Sin embargo venían a visitarnos y hasta se quedaban semanas enteras algunos parientes “del centro” y ex vecinos de nuestra anterior casa de Flores, y nosotros nos sentíamos muy felices de tenerlos a nuestro lado.

¡Cómo me gustaba labrar la tierra, sembrar y luego cosechar tantas variedades! Cada visita que llegaba a casa no se iba sin llevarse bolsas enormes repletas de verduras y frutos recién cosechados. También tenía flores. Recuerdo que un tío de mi mamá que sabía mucho de plantas me dijo que yo tenía “mano verde” porque todo lo que sembraba crecía. No me da vergüenza confesarlo: yo le hablaba a las plantitas y también a los hermosos árboles que alegraban nuestras existencias.

No teníamos radio ni televisión porque no había ningún tendido eléctrico en la zona. Para estudiar mejor había que levantarse muy temprano, apenas salía el sol, porque de tarde, cuando volvía del colegio casi ya anocheciendo, era difícil ver bien con esa luz amarillenta y temblorosa de las velas o de las lámparas de mecha.

Tener perros y otros animalitos fue un nuevo placer que enriqueció nuestras vidas.

Con nosotros se mudó un canario blanquinegro que cantaba todo el día. El ave había sido rescatada en medio de una tormenta por Don Enrique, un muy querido vecino de Flores, justo cuando el agua estaba por arrastrar al tembloroso pichoncito hacia un desagüe. El hombre nos lo dio a nosotros para que lo tuviéramos y desde entonces y por varios años ese diminuto gran ser nos alegró la vida. Era un canarito tenor con gran espíritu y mucho carácter, que se divertía “peleando” con nosotros cada vez que acercábamos nuestras manos a la jaula. El desafío consistía en ir colocando alternadamente y a bastante velocidad los dedos de nuestras manos entre los barrotes de la jaula, tratando de evitar que él pudiera alcanzarnos con su filoso pico, pero casi siempre adivinaba nuestros movimientos y terminábamos el “combate” con varios dedos lastimados. Por esa actitud valiente mi mamá lo bautizó “Pascualito”, en homenaje a Pascual Pérez, nuestro primer campeón mundial de boxeo, el pequeño gigante del deporte nacional. Un día nuestro tenorcito se unió al coro de angelitos que le cantan a Dios en el Cielo y desde entonces jamás volvimos a tener un ave enjaulada en nuestra casa.

Un tío nos trajo una lorita que tenía un ojo deformado por un golpe que le habían dado. Enseguida le tomamos cariño y ella se adaptó inmediatamente a su nuevo hogar. Hablaba hasta por los codos y le gustaba que le cantaran cerca del oído. Cuando nos escuchaba entonar alguna zamba o chacarera, que era la música de moda en ese momento, o simplemente al oírnos silbar, “Nono”, que así se llamaba la parlanchina, se ponía a bailar desenfrenadamente y a ensayar sus propias “melodías”. Recuerdo que la subía a mi hombro y ella me decía secretitos detrás de la oreja y después comía semillas de girasol en mi boca, ¡pero que no se le acercara ninguna mujer...!

Tuvimos algunas gallinitas, pero lo que más recuerdo es una parejita de pigmeos hermosos que parecían perros por la manera de manejarse en la casa. Todos los animales convivían sin mayores problemas, aunque se celaban un poco cuando acariciábamos a uno y a los demás no. El gallito pigmeo era terrible, con pocas pulgas y muy peleador, pero yo me sentaba en el piso, me ponía granitos de maíz en la rodilla y él se subía a mis piernas a comer sin ningún problema y hasta se dejaba acariciar las plumas.

De a poquito fueron tendiendo cables eléctricos en la zona y así un día tuvimos luz. Recuerdo que sólo había polo vivo y que el de “tierra” se lograba conectando otro cable a la bomba de agua. La tensión eléctrica “iba y venía”, pero algo mejor que con velas estábamos.

Pasaron muchas cosas, demasiadas historias para contarlas de golpe...

Me recibí de Perito Mercantil y me ofrecieron trabajar en la escuela de la que había egresado como primera promoción. Algunas ventanas de ese instituto, caños de luz y cableado, incluso hasta partes de revoques me animé a colocar junto con un puñadito de compañeros, por eso creo que esas paredes tienen algo de mi piel y hasta de mi alma. Fui preceptor y amigo de los chicos y chicas, ayudándolos, en lo que podía, a comprender mejor esas materias tan antipáticas que a veces los profesores no tenían tiempo de explicar explayadamente. Un año de experiencia muy fructífera atesoré en mi querida escuela secundaria.

Luego me asocié con un amigo y nos instalamos en una casa muy linda que nos prestaron para preparar alumnos. ¡Qué cantidad de chicos iban a la “escuelita particular”! Nuestra mayor satisfacción fue que todos los alumnos rindieron bien sus exámenes de ingreso al secundario e incluso a la universidad. Las chicas jugaban a la pelota con sus compañeros varones en la placita del hospitalito y nosotros, los “profesores particulares”, también pegábamos un pelotazo de tanto en tanto. Los padres estaban contentos porque sus hijos tenían ganas de estudiar y a la vez se divertían sin riesgos. Fue otra experiencia magnífica e inolvidable.

Para entonces yo había madurado emocionalmente y ya no quería jugar más al “conquistador”, especialmente porque me había ido enamorando desde años atrás de una nena que luego se hizo adolescente y que al final descubrí que era la mujer de mi vida. Nos pusimos de novios y se hizo imperativo conseguir un trabajo seguro que me permitiera edificar una casa y tener lo necesario para que nos casáramos algún día.

Por medio de una persona conocida me enteré que la casa matriz de un importantísimo banco oficial incorporaría nuevos empleados, así que me presenté a la oficina de personal y me anotaron para los exámenes previos. ¡Seis horas estuve escribiendo, dibujando, analizando y respondiendo también oralmente hasta que me dieron permiso para retirarme! Fue una semana de difícil espera, pero al cabo de la misma me llegó la novedad de que había sido aprobado con un puntaje muy elevado. Mi novia se quedó estupefacta y yo no podía reaccionar de tanta alegría y emoción. Pasamos días y días haciendo planes para cuando me incorporaran al banco y comenzara a cobrar mis primeros sueldos.

“El presidente Onganía firmó un decreto congelando los nombramientos en la Administración Pública”, se podía leer en las tapas de los diarios. Fue el fin inesperado de un sueño hermoso y el principio de una realidad tambaleante. Lágrimas y rabietas después de esa noticia busqué por todas partes un trabajo, pero nada era seguro, apenas changas o contratos por tres meses, situación que se extendió demasiado pero que un día, como pasa con todo, fue cambiando un poco y entonces volví a reflotar mis proyectos y a recuperar la esperanza.

Recuerdo que era yo casi un niño estrenando la mayoría de edad, que por aquel entonces se consideraba tal recién a los veintidós años...

Fue cuando de pronto explotó la vida, se consumió en llamas de azufre y odio.

Miles de cuerpos se convirtieron en humo y olvido.

Se ajó el patriotismo y avanzó la entrega fácil, poniéndose de moda aquello de “primero yo, luego yo y siempre yo”.

Se diluyó la dignidad y creció la vergüenza.

La verdad fue atropellada y malherida por el engaño y la mentira.

El olor a muerte impregnó la piel de cada casa y las flores dejaron de ser decorativas para convertirse en símbolos de adioses desgarradores.

Las muertes prematuras tiñeron la realidad de salvaje incoherencia.

La alegría mutó en patetismo y las risas se convirtieron en muecas forzadas repletas de ecos no deseados.

Muchos niños perdieron a sus padres y muchos padres perdieron sus esperanzas.

La ingenuidad se convirtió en malicia y la inocencia se embadurnó el rostro con pólvora y sangre.

La maldad parió hijos que la honraron, mientras los puros de alma buscaban un rincón seguro donde orar al Dios del Amor.

El terror desplazó a la fe y la amistad se convirtió en delación.

El don pirulero ganó la batalla y cada cual atiende su juego...

Actualmente, los domingos a la hora del almuerzo los chicos casi no participan de las reuniones familiares, porque necesitan dormir para recuperar las energías que perdieron durante toda la noche y la madrugada en los boliches. Alrededor de la mesa apenas se sientan el papá, la mamá y quizás alguno de los abuelos. El aparato de TV es el centro de atención, no lo que alguno desee comentar u opinar. Es un día más, en realidad un día menos...

Gracias a Dios no sucede en todos los hogares, por ejemplo nunca lo he tenido que sufrir en mi casa, pero es una realidad que está resquebrajando a la sociedad.

Y otro fenómeno que nos afecta como pueblo: los hijos se han convertido en padres y estos últimos se sientes como adolescentes descubiertos en falta. ¿Roles cambiados caprichosamente por alguna mano negra...? ¿Moda...?

Se confunde respeto con sumisión y libertad con transgresión.

No nos saludamos con sincera cordialidad ni nos ocupamos de nuestro prójimo.

Hemos perdido la capacidad de escuchar y comprender.

¿Qué nos ha sucedido...? ¿Quiénes somos...?

¡No...! ¡Me niego a ocupar el lugar de los acusados...! ¡Basta de decir “nosotros” cada vez que nos referimos a pecados ajenos...! No quise ni quiero esta degradación a la que nos estamos acercando peligrosamente. Es hora de poner las piezas en su lugar y que cada persona asuma la responsabilidad que le quepa...

Miro perdidamente a mi alrededor y veo que mis hijos me observan. Me pregunto, sonrojándome: ¿Encontrarán algún motivo de admiración en mi persona?

Entonces escucho una voz muy juvenil, desde dentro de mí, que me dice:

—Soy el pibe que vive, sueña, ríe y llora en tu interior, ese purrete que nunca dejaste morir ni contaminarse... Me alimento de tus mejores sentimientos y siempre estaré ayudándote a luchar en pos de una Patria con memoria y dignidad, sin odio pero con justicia, para que los chicos de hoy, los que ya no tienen ni siquiera potreros libres para jugar a la pelota, puedan remontar barriletes mitad bomba mitad estrella en los parques de todo el país, en un cielo libre de acechanzas y repleto de sol...

Noto que mis hijos sonríen e intuyo que ellos también escucharon la voz de mi alma. Les devuelvo la mirada con ternura y saboreo un rico café que me ha traído mi esposa. Estoy tranquilo y agradecido, porque me siento vivo y con fuerzas para seguir avanzando...

J. E. M.

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sábado, junio 10, 2006

LA VIDA DESPUES DE LA MUERTE




Con especial reconocimiento a mi amigo y hermano Pedro Romaniuk*, investigador, escritor, conferencista, quien ha experimentado en su propio ser la apasionante aventura de traspasar el umbral de la vida y regresar luego a nuestro mundo para informarnos sobre esa realidad que existe a pesar de ser invisible a nuestros ojos físicos...



Corría la década del setenta. Eran tiempos tumultuosos en la región. La muerte estaba constantemente como tema central en la tapa de los diarios y revistas. Comenzaron a difundirse estudios e investigaciones muy importantes sobre un asunto que, tal como expliqué anteriormente, estaba en la mente de todos nosotros: la muerte.

Primero fueron noticias sueltas dadas en informativos radiales o algunos recuadritos en los diarios. Más tarde, ya instalado el tema masivamente, aparecieron artículos completos en revistas, para dar paso a libros muy bien producidos y documentados. También se rodaron películas que encaraban científicamente ese aspecto tan delicado de nuestra existencia. La televisión proyectó documentales provenientes de las naciones más desarrolladas, ampliando la información que hasta entonces había llegado a nosotros. Se organizaron conferencias colmadas de espectadores deseosos de enterarse qué se sabía de nuevo respecto del Más Allá.

Cuando aún la explosión informativa no había acontecido, las personas que habían experimentado sucesos de muerte y resucitación evitaban hablar en público sobre el particular, por temor al ridículo o a ser tildados de dementes. Sin embargo, dentro de las instituciones de investigación acontecía todo lo contrario, pues las experiencias eran tratadas con absoluta seriedad y reserva, condiciones que incentivaban el sinceramiento de los individuos que habían traspuesto el límite de la vida y retornado a este nivel de existencia.

Fue durante una reunión organizada por cierta institución de estudio e investigación de la que yo era miembro, a la que asistimos más de mil setecientas personas bajo promesa de reserva, que conocí a uno de los sujetos más creíbles, quien nos narró su propia experiencia de muerte y retorno.

Los datos de la persona no puedo mencionarlos, pero estoy autorizado a decir que en esa época era Ingeniero Jefe de un área muy importante en una empresa petrolera. Lo que sigue es el relato que escuchamos de boca de ese Ingeniero.



Desde muy pibe me caractericé por desconfiar de todos y todo, no sé por qué, pero lo cierto es que mi escepticismo incluía a Dios y por supuesto a lo no comprobable por métodos científicos. No creía en el alma ni en la trascendencia del ser más allá de la vida terrenal. Así crecí y construí mi personalidad. Recuerdo que no pocas personas me acusaron de cínico, frío y carente de sentimientos. Me parece que quienes pensaban esas cosas de mí no estaban muy desacertados.

Al poco rato de ingresar como peón a la empresa me gané varios enemigos, incluso entre mis pares, por mi actitud altanera y mi escasa o nula predisposición a aceptar con humildad órdenes o sugerencias. Llegué a estar al borde del despido, algo que muy probablemente se hubiera concretado de no haberme sucedido lo que voy a contarles.

Estaba en lo alto de la plataforma marina de sondeo donde cumplía mis tareas, cuando el oleaje se convirtió en un rock cada vez más frenético y peligroso. Un embate rudo y seco del agua inclinó varios grados la estructura, provocando mi caída desde una altura muy considerable. Supe que si no hacía nada me estrellaría contra la superficie de la plataforma, así que moví brazos y piernas para ladearme todo lo posible, logrando de esa manera caer en el océano. Fue un golpe terrible del que sólo recuerdo el vértigo y el ruido.

Cuando desperté, en una cama de terapia intensiva, escuché a alguien murmurar muy quedamente: —¡Gracias, Dios mío, gracias por devolverle la vida, gracias por escuchar mis ruegos!

Luego volví a caer en el sopor.

Ya bastante recuperado y con mis ojos abiertos, una enfermera muy amable y maternal me explicó que había poca iluminación en la sala para evitarme inconvenientes en la vista, ya que durante unos días estaría yo muy sensible a las luces y sonidos fuertes. Comunicó a los demás integrantes del cuerpo médico la novedad de mi estado de salud y al momento aparecieron todos a visitarme.

Me tocaban, palmeaban y decían palabras de alegría y aliento que jamás olvidaré. En ese instante necesité pedirles que por favor se callaran un poco. Me miraron comprensivos, imaginando que quizás sus voces habían afectado mis oídos, pero inmediatamente les aclaré el porqué de mi pedido: —No me molestan, todo lo contrario. Es que deseo escuchar una voz en particular. Por favor, de a uno díganme cómo son sus nombres y apellidos.

Los fui escuchando a medida que se presentaban y agradeciéndoles individualmente lo que habían hecho por mí, hasta que el último, que resultó ser el médico jefe, me habló con la misma voz que había musitado aquella oración de gratitud tan hermosa que había impactado en mi alma. Me emocioné hasta las lágrimas y casi afónico le pedí que se acercara y me diera su mano. Él lo hizo así inmediatamente, sin imaginar que yo le besaría ambas manos. Quiso apartarlas, por humildad, pero yo las retuve y volví a besarlas varias veces, mientras le decía: —¡Gracias, muchas gracias!

Desconcertados y emocionados por mi actitud, todos me rodearon y llenaron de amor y ternura, mientras sus voces me instaban a tener confianza y esperar unos días para mi restablecimiento total. Entonces les pedí que me contaran qué había sucedido a partir de mi contacto con el agua y la internación en el hospital. Esto fue más o menos lo que me explicaron:

“El agua estaba a menos de cinco grados por debajo del nivel cero. Usted cayó de cabeza y costado, golpeando secamente con el hombro izquierdo, lo que le provocó la fractura de clavícula. Al perder el conocimiento su cuerpo se sumergió hasta una profundidad de casi veinte metros, donde las corrientes internas lo salvaron de hundirse más. Sus compañeros del grupo de emergencias lo rescataron lo más rápido que pudieron, pero recién lo sacaron a la superficie luego de aproximadamente veinticinco minutos. Quiere decir que usted estuvo sin recibir oxígeno todo ese tiempo.

“Pero eso no es lo más notable, mi amigo. Lo llamativo del caso es que clínicamente usted falleció. Cuando lo asistimos en la ambulancia usted estaba muerto y recién acá en el hospital pudimos revivirlo, pero entre el tiempo que pasó hundido y lo que nos llevó traerlo hasta acá y culminar las maniobras de resucitación transcurrieron aproximadamente cuarenta y cinco minutos. Casi abandonamos el intento, pero algo nos hizo continuar a pesar de no recibir señales de reacción de su parte. Imagínese cuando notamos que le había vuelto el pulso”.

Bueno, ¿cómo explicar lo que sentí al escuchar el relato de los médicos? Les agradecí y les pregunté si estaban preparados para oír mi propia versión al respecto. Recuerdo que el médico jefe levantó las cejas como diciéndome “¿Qué historia puede usted contarnos, si estaba clínicamente muerto?”

Me dijeron que sí, que tenían muchos deseos de escucharme, de modo que me acomodé en la cama para poder verlos a los ojos a todos y relaté lo siguiente:

“No sentí dolor al golpearme. Apenas sí el vértigo de la caída y la sensación de hundirme en el agua. Inmediatamente me encontré de pie ante un paisaje que jamás había visto. Todo estaba iluminado con una luz blanca y pareja que no proyectaba sombras. Era muy potente pero no me encandilaba. Me pareció que esa luz se metía en mi cuerpo y yo pasaba a ser parte de ella. De pronto advertí unas formas en el horizonte, al final de esa especie de sendero blanco. Al principio no pude darme cuenta de qué se trataba, mas al cabo de unos instantes la visión se hizo más clara y entonces sentí una de las más grandes emociones de mi vida, pues allí estaban, entre otras personas que nunca había visto, mi abuelo y mi tío, estos últimos fallecidos hacía bastante tiempo.

“Mi abuelo se acercó a mí sin decirme nada. Me miró con alegría y ternura. Quise preguntarle algo y él se me adelantó diciéndome: —Sí, soy yo. No estás soñando. En este momento estás más despierto que nunca.

“—¿Estoy muerto, abuelo? ¿Por eso es que puedo verte?

“En eso se acercó mi tío. Estaba tan jovencito como cuando había partido de este mundo. Era el hermano menor de mi mamá. Fue mi primer amigo y confidente. Me llevaba apenas diez años y por eso creo que me había adoptado como hermano menor más que sobrino. Jugaba conmigo largas horas y siempre me traía de regalo alguna golosina o chiche. Una infección no detectada a tiempo arrasó con su vida y me lo robó. Creo que fue entonces cuando perdí la confianza en todo y me convertí en un escéptico feroz.

“—¿Cómo estás, hermanito? ¿Así que no creías más que en lo que podías ver y tocar? ¿Y ahora qué pensás?

“Lo escuché decirme esas frases con su eterno tono alegre y amigable y una gran paz me envolvió. Con emoción le respondí: —Estaba equivocado, tío. Ahora me doy cuenta. Lástima que tuve que morir para saberlo.

“—¿Quién te dijo que estás muerto? Apenas estás viendo el umbral. De alguna manera estás entre uno y otro estado de existencia, ¿comprendés?

“Escuché asombrado la explicación de mi tío, mientras mi abuelo me miraba con una sonrisa en sus labios. Entonces pregunté: —Si no estoy muerto, ¿cómo es que puedo verlos a ustedes?

“—Acabo de explicártelo. Para ver más allá de tu estado terrenal no hace falta morir. Muchos seres encarnados pueden visitarnos con sus mentes y almas y ellos saben que existe vida después de ese pasaje al que casi todos temen, me refiero a la muerte.

“¡Qué alivio sentí en ese momento! Comprendí que había mucho más aparte de las cosas pequeñas y efímeras del mundo tridimensional. Estaba tan a gusto que quería quedarme allí para siempre.

“Supongo que mi tío de alguna manera supo lo que yo estaba pensando, porque me dijo: —No, hermanito. Ahora no podés quedarte, todavía tenés mucho por hacer. No es cuestión de venir acá porque se está mejor que allá.

“—¿Significa que volveré a la Tierra? ¿Y no podré verlos más hasta que muera? ¿Y me olvidaré de esto que ahora estoy viviendo?

“Con la misma risa contagiosa que alegrara mis días de niñez, mi tío me sugirió que me tranquilizara y le formulara una pregunta a la vez.

“—Está bien, tío. Tenés razón, me estoy portando como un chico, pero es que esto es increíble y necesito saberlo todo.

“—No, hermanito. Ahora no vas a saber todo. Conformate con llevarte de acá algo que pocos seres humanos tienen oportunidad de recibir. Creo que es suficiente. Lo demás te compete a vos.

“—Una pregunta, entonces, tío. Esta sí tenés que respondérmela.

“Mi tío volvió a mirarme con ese gesto tan tierno de hermano mayor y me dijo: —Te escucho. Pero apurate porque me parece que se te está terminando el tiempo.

“No comprendí bien el alcance de sus palabras, porque mi atención estaba puesta en la pregunta que me quemaba por dentro: —Entonces, tío, ¿Dios existe? ¿Ustedes lo pueden ver?

“—Hermanito, ¿acaso querés verlo a Dios como si fuera una persona con forma y dimensiones humanas? ¡Claro que existe! ¿Y sabés dónde está?

“Esperé con ansiedad su explicación. Él se acercó un poco más a mí, adelantó sus manos, abrió las palmas y con vigor me tocó el pecho, empujándome, mientras me decía: —Ahí está Dios, hermanito. No lo dudes, sobrino. Él está dentro de tu ser.

“Me sentí caer hacia atrás como si una ráfaga me absorbiera. Una especie de trueno grave y ensordecesor se coló en mis oídos aturdiéndome. De pronto sentí frío, humedad y dolor. Me pareció que otra vez estaba en mi cuerpo y me esforcé en abrir los ojos hasta lograrlo a medias. Fue entonces que lo escuché a usted, doctor, darle gracias a Dios por mi retorno a la vida.”



Puedo agregar que este Ingeniero llegó a cursar su carrera debido a los cambios que se suscitaron en su interior a partir de la experiencia de muerte y retorno que acabamos de leer. Se convirtió en una persona humilde y generosa. Sus superiores y compañeros no podían dar crédito a semejante metamorfosis. Al poco tiempo de reintegrarse a su trabajo fue promovido a un cargo más alto y sus jefes le aconsejaron estudiar, sugerencia que agradeció y puso en práctica inmediatamente. Luego de recibido con altas calificaciones, la empresa lo nombró asistente técnico de una de las gerencias más importantes, hasta que al cabo de pocos años fue designado Ingeniero Jefe de una de las áreas más relevantes de la compañía.

Se dedicó, aparte de sus funciones laborales, a difundir, junto a otras personas comprometidas con la misma misión, su experiencia más allá de la muerte, para que sepamos la verdad sobre tan misterioso aspecto de nuestra existencia. Hoy es un creyente absoluto y no duda de la existencia de Dios, sin por ello atarse a ninguna religión en especial, pues ÉL está en todos los seres...



(*) Pedro Romaniuk sufrió un impresionante accidente aéreo cuando era piloto militar, hace de ello varios años, quedando su cuerpo en tierra fracturado en varias partes y sin vida. Luego de un lapso impreciso retornó a esta existencia y desde ese instante se esforzó en investigar y difundir todo lo concerniente a la vida después de la muerte.

Textos e ilustración:
J. E. M.

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sábado, mayo 20, 2006

CARTA DEL GENERAL SAN MARTIN

Cuando el estado nacional le dio la espalda a uno de nuestros ciudadanos más ilustres, pensé en nuestros próceres de ayer, los que murieron pobres y olvidados después de haber entregado todo a la patria. Imaginé que el Gral. San Martín, indignado y dolorido, le escribía una carta de apoyo y solidaridad a ese hombre que jamás fue escuchado por los burócratas del gobierno y que por ello perdió la vida. Los invito a leer las palabras que el General José de San Martín muy probablemente le hubiera escrito al gran patriota argentino René Favaloro...

Créame, apreciado compatriota, que mi dolor acompaña al suyo. Es una ofensa a la Patria el abuso que están haciendo de sus privilegios algunos líderes y dirigentes argentinos de diferentes partidos políticos e ideologías.

Unos, pretendiendo ser paladines de la nacionalidad y del honor, de la ética, la honradez y el progreso, ganan la voluntad de los electores y arriban a los espacios de poder para, una vez allí, olvidar en minutos lo que han prometido durante meses y entonces dedicarse a destruir lo que tanto nos ha costado conseguir. Mientras señalan con sus índices acusadores a representantes de otros partidos, cuando no del propio, ellos cometen idénticas o peores tropelías que las supuestamente realizadas por sus acusados.

Otros, en nombre de la libertad de mercados y de la globalización, cercan cada vez más a nuestro país haciendo peligrar la independencia que aún poseemos. Predican, como los anteriores, sin creer en sus propios discursos, entregados a la tarea de apropiarse de todo.

Y lo que más duele, querido doctor, es la traición y obsecuencia de los que ostentan las máximas jerarquías. Pero no les daremos el gusto a unos ni a otros, compatriota, porque el fervor está renaciendo en algunos corazones y en otros ya explota como llamarada de argentinidad, aventando los fantasmas de la entrega y la disolución.

Sí, amigo mío, a no dudarlo, la Patria existe y eso garantiza la viabilidad de un futuro luminoso para los argentinos, a pesar de las dificultades actuales. Todos unidos, viejos y jóvenes, padres e hijos, podremos vencer a los enemigos de nuestra amada Argentina, estrechándonos en una misma voluntad de Libertad y Justicia que nos permita recuperar ese patrimonio que jamás debió estar en juego: la Dignidad.

Los más maduros estarán felices de haber hecho lo necesario para asegurarles a sus hijos y nietos un futuro sólido y duradero, y los jóvenes podrán respirar con orgullo el aire de verdadera independencia que ayudaron a recuperar. Entonces, querido Favaloro, usted y yo no habremos vivido en vano, ni tampoco todos los que se ofrendaron para que Argentina fuera una Nación con mayúsculas.

Así que le pido, doctor, que se venga hasta acá, a compartir esta fuerte convicción que nos anima y para que pueda yo estrechar con calor su mano de patriota. Juntos, desde alguna cima cercana al sol, observaremos los cambios positivos que se desarrollen en nuestro país. Sonría, que muy pronto su inmolación tendrá el eco que usted imaginó secretamente, ya lo verá...

José Manuel Franc

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Publicado en La Bisagra el 17 de Agosto de 2000

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