miércoles, diciembre 31, 2008

¡ BUENOS AUGURIOS !

¡Muchas gracias por enviarnos sus mensajes tan cálidos y fraternales, queridos amigos de Sol del Sur! Les deseamos un 2009 pleno de esperanzas y concreciones positivas...

Ojalá retornen los buenos modales, la educación, el respeto, la cultura, la solidaridad y tantos valores que alguna vez nos destacaran como un pueblo ejemplar.

Que Dios ilumine nuestros caminos para que no tropecemos nuevamente en las mismas piedras.

Y que podamos vivir en Paz y Unión Fraternal.

¡ FELICIDADES !

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jueves, diciembre 25, 2008

¿ ME DEJAS ENTRAR A TU CASA ?

Paisaje vivo"El que cree en mí, de su interior correrán ríos de agua viva"

Como el año pasado y muchos anteriores, hoy festejan mi nacimiento con grandes fiestas en mi honor. Llevan meses haciendo compras para la ocasión y casi todos los días han salido anuncios y avisos comerciales recordando la inminencia de esta fecha. Aunque se pasan de los límites, es agradable saber que por lo menos un día del año piensan en mí...

Ha transcurrido ya mucho tiempo de cuando comprendían y agradecían de corazón lo mucho que hice por toda la humanidad. Pero hoy en día, da la impresión de que la mayoría de la gente apenas sabe por qué motivo se celebra mi cumpleaños.

Por otra parte, me gusta que la gente se reúna y lo pase bien y me alegra sobre todo que los niños se diviertan tanto; pero de igual modo creo que la mayor parte no sabe bien de qué se trata.

Como lo que sucedió, por ejemplo, el año pasado: al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta, pero... ¿puedes creer que ni siquiera me invitaron?

¡Imagínate! ¡Yo era el invitado de honor! ¡Pero se olvidaron por completo de mí!

Resulta que habían estado preparándose para las fiestas durante dos meses y cuando llegó el gran día me dejaron al margen. Ya me ha pasado tantísimas veces que lo cierto es que no me sorprendió.

Aunque no me invitaron, se me ocurrió colarme sin hacer ruido. Entré y me quedé en un rincón. ¿Te imaginas que nadie advirtió siquiera mi presencia, no se dieron cuenta de que yo estaba allí?

Estaban todos bebiendo, riendo y pasándolo en grande, cuando de pronto se presentó un hombre gordo vestido de rojo y barba blanca postiza, gritando: "¡jo, jo, jo!".

Parecía que había bebido más de la cuenta, pero se las arregló para avanzar a tropezones entre los presentes, mientras todos lo felicitaban.

Cuando se sentó en un gran sillón, todos los niños, emocionadísimos, se le acercaron corriendo y diciendo: "¡Santa Clos!"

¡Cómo si él hubiese sido el homenajeado y toda la fiesta fuera en su honor!

Toleré aquella "fiesta" hasta donde pude, pero al final tuve que irme.

Caminando por la calle me sentí solitario y triste. Lo que más me asombra de cómo celebra la mayoría de la gente el día de mi cumpleaños es que en vez de hacerme regalos a mí, ¡se obsequian cosas unos a otros! y para colmo, ¡casi siempre son objetos que ni siquiera les hacen falta!

Te voy a hacer una pregunta: ¿A tí no te parecería extraño que al llegar tu cumpleaños todos tus amigos decidieron celebrarlo haciéndose regalos unos a otros y no te dieran nada a tí? ¡Pues es lo que me pasa a mí cada año!

Una vez alguien me dijo: "Es que tú no eres como los demás, a ti no se te ve nunca. ¿Cómo es que te vamos a hacer regalos?".

¿Sabes qué le respondí?: "Pues regala comida y ropa a los pobres, ayuda a quienes lo necesiten. Ve a visitar a los huérfanos, enfermos y a los que estén en prisión. Escucha bien, todo lo que regales a tus semejantes para aliviar su necesidad, ¡lo tendré en cuenta como si me lo hubieras dado a mí personalmente!" (Mateo 25,34-40).

Muchas personas en esta época, en vez de pensar en regalar hacen bazares o ventas de garaje, donde venden hasta lo que ni te imaginas con el fin de recaudar hasta el último centavo para sus nuevas compras de Navidad.

¡Y pensar todo el bien y felicidad que podrían llevar a las colonias marginadas, a los orfanatorios, asilos, penales o familiares de los presos!

Lamentablemente, cada año que pasa es peor. Llega mi cumpleaños y sólo piensan en las compras, en las fiestas y en las vacaciones y yo no cuento para nada en todo esto. Además cada vez los regalos de Navidad, pinos y adornos son más sofisticados y más caros, se gastan verdaderas fortunas tratando con esto de impresionar a sus amistades.

Esto sucede inclusive en los templos. ¡Y pensar que yo nací en un humilde pesebre, rodeado de animalitos!

Me agradaría muchísimo más nacer todos los días en los corazones de mis amigos y que me permitieran morar ahí para ayudarles en sus dificultades, para que puedan palpar el gran amor que siento por todos; porque no sé si lo sepas, pero hace dos mil años entregué mi vida para salvarte de la muerte y mostrarte el gran amor que te tengo.

Por eso lo que pido es que me dejes entrar en tu corazón. Llevo años intentándolo, pero hasta hoy no me has dejado.

Estoy llamando a la puerta de tu casa...

Si oyes mi voz y abres, entraré y me sentaré a tu mesa junto a ti...

¡¡¡Será el mejor regalo que me puedas dar!!!


Jesús

Adaptación de una historia publicada en: ACI Prensa

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miércoles, diciembre 24, 2008

¡ GRACIAS POR ESCRIBIRNOS !

"Me siento cómodo leyendo este blog", nos comenta uno de nuestros visitantes, "porque acá todo está a la vista y no prometen lo que no hay. Las imágenes y decoraciones complementan equilibradamente a los textos, que son el alma de cada entrada", continúa opinando nuestro amigo, "y aunque uno a veces disienta con lo que se afirme o sugiera en algunos artículos, lo cierto es que están escritos con responsabilidad y, por sobre todo, respeto y educación", concluye su generoso comentario el Prof. Ricardo Zavaleta, uno de los casi doscientos amigos que nos escribieron desde que apenas unos días atrás habilitáramos el correo de lectores...

Es realmente emocionante que la gente reciba exactamente lo que intentamos darle. En un momento tan confuso en todo el mundo, con gran parte de la población del planeta sumida en el hambre y la desprotección, sometida a distintos grados de esclavitud y abusos, la desconfianza está ganando la pulseada y son más los que descreen de todo que los que aún conservan la esperanza, por eso valoramos tanto a nuestros amigos lectores que nos han escrito para expresarnos su apoyo y confianza.

Para nosotros, que llevamos casi cuatro años esforzándonos por hacer crecer esta humilde ventanita de expresión, los mensajes que nos han hecho llegar nuestros amigos lectores son maravillosos regalos de Navidad que agradecemos desde el fondo de nuestros corazones.

Más adelante publicaremos el listado de amigos que nos escribieron, para que sepan que hemos recibido sus mensajes y en especial para agradecerles su buena onda y amistad.

A todos ellos y a quienes nos estén visitando en este instante les decimos:

¡Muchas gracias por todo!
¡Que sean muy, muy felices!

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domingo, noviembre 30, 2008

ANHELO DE NAVIDAD

Estoy mirando el calendario y me doy cuenta de que estamos a escasas semanas de finalizar un año más. Como dirían nuestras abuelas: "¡Cómo pasó este año!". Cada año nuevo que nace apostamos con todas nuestras fuerzas a la esperanza, al Amor Universal... y a poco de andar nos encontramos con grandes desilusiones, con una carrera cada vez más loca por las cosas materiales, ¡al extremo de hasta arriesgar la vida por ello!

Este año, creo no equivocarme si pienso ¡cuánta gente! se sintió frustrada, en todos los niveles, por las peleas y conductas de quienes tendrían que dar ejemplos...

Siento enorme tristeza por la hipocresía de aquellos que un día aspiraron a llegar al poder para darle "bienestar" a su pueblo...

¿Por qué una vez que llegan olvidan todas las promesas? ¿acaso son débiles de mentes?

Desconocen las palabras "Diálogo", "Consenso", y emplean mucho la mentira...

Palabras como Justicia, Salud, Educación, Seguridad, no tienen ningún significado, ya que hacen mero caso al clamor de su pueblo...

Pareciera que el Poder les otorgara Soberbia... y ésta a su vez les diera derecho a agresiones verbales contra todo lo que no es "sumiso" a ellos.

¡Muy lamentable! De pésimos ejemplos. Y todo se va encadenando en las distintas franjas de la sociedad, de manera tal que nos superan las injusticias, la inseguridad, mientras sigue avanzando la corrupción... y caemos en un mundo inmanejable, porque confundimos Orden, Respeto, Compromiso, Responsabilidad, con Autoritarismo.

¡Qué manera loca de confundirnos!!!

¡Que no daría para que reapareciera el Respeto a la Familia, a las Instituciones, a nuestros mayores y en especial a nuestros niños... que son el futuro del país!

Y que en todos los medios primaran las buenas costumbres, los buenos ejemplos, las buenas acciones... ¡Cuesta tan poco concretarlo! Es cuestión de empezar a querer un mundo mejor para todos, y, cada uno desde nuestro pequeño lugar, trabajar para alcanzar ese propósito... ¡Se trata de Querer para Poder!

Apuesto siempre a la FE y la ESPERANZA... Por eso digo que sería bueno que todo se encauzara muy pronto, de manera tal que pudiéramos derrotar a la inseguridad, entonces el ciudadano común, el laburante, el que hace el país todos los días, usted y yo, no tendríamos que vivir tras las rejas de la prisión de nuestro propio hogar...

Y como de ESPERANZA se trata, quizás las navidades del nuevo año por venir podamos festejarla ¡todos! como cuando éramos niños... ¿Se acuerdan cuando a las 12 de la noche salíamos con las copas y cruzábamos besos y abrazos de verdadera fraternidad... y en cada cuadra había una mesa que algún vecino colocaba luciendo el mejor mantel y todos la adornaban con confituras hechas por manos amorosas para compartir?

¿Quién no se quedaba hasta el amanecer en esa callecitas seguras dónde los vecinos compartían sueños y esperanzas, mientras los más chiquitos disfrutaban en la inocencia más pura esas estrellitas multicolores que nos encendían nuestros hermanos o primos mayores y nos las entregaban como trofeos que nosotros tomábamos con tanta emoción que el centellear de esas estrellitas se igualaba al brillo emocionado de nuestros ojitos?

Faltan muy pocas semanas, pero quiero contagiarles con mi idea fuerza, que el 24 de diciembre nos unamos todos, ¡con gran Fe, Esperanza y Amor Universal! a pedir que encendamos juntos... como aquellas estrellitas de nuestra niñez... ¡la Chispa Divina que se propague en cada habitante de éste BENDITO SUELO! Para que la Humildad, la Bondad, la Generosidad, produzcan el gran cambio que hará que la próxima navidad la festejemos como en las mejores épocas de nuestra querida infancia...

¡ Es mi más grande anhelo !

Francisca Luján

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domingo, mayo 25, 2008

PATRIA Y PATRIOTISMO

Cuando era chico, hace mucho tiempo, el patriotismo era un hecho natural, parte de nuestra realidad cotidiana, una actitud que jamás se modificaba a pesar de los vaivenes de la política...

Hoy, programas descerebrados y descerebrantes de la TV y en especial de ciertas emisoras FM, aparentemente dirigidos a un público absolutamente alejado de las ideas, hacen mofa de las palabras “Patria” y “Patriotismo”. Por consiguiente se burlan de los actos heroicos patrióticos e, implícitamente, de nuestros héroes.

Les pregunto a ustedes, quienes están leyendo estas líneas: ¿Se burlarían de la palabra “Amor”? ¿Y de la palabra “Madre”? ¿Y de la palabra “Hijo”? ¿Y de la palabra “Amigo”?

¿Verdad que no lo harían?

¿Y por qué, entonces, está tan desmerecida la palabra “Patria”?

¡Quizás porque faltan patriotas que refloten su significado!

Una persona que tuve el honor de conocer hace un tiempo, alguien que había padecido en carne propia el horror de la segunda guerra mundial, me dijo algo que jamás olvidaré:

“Existen personas que se esfuerzan por forjar la patria; otras que hacen todo lo posible por engrandecerla; las hay que dedican sus vidas a protegerla; pero no faltan quienes recién descubren el amor a su patria cuando la misma ha sido ocupada por el enemigo o borrada de los mapas”.

¿En qué situación nos encontramos cada uno de nosotros?

1982 fue un año de emociones muy dolorosas: perdí a un ser muy querido, nuestros soldados debieron abandonar las Islas Malvinas, y descubrí que miles y miles de falsos argentinos eran indignos de habitar nuestro suelo.

¿Es más cómodo hablar del poder de convocatoria que ostentó horas atrás en Plaza de Mayo la minoría gobernante? Quizás sí, pero aquellos que optan por la comodidad en perjuicio de la dignidad... ¡están perdidos!

Lalo De la Cuesta

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miércoles, abril 02, 2008

NUESTROS HEROES OLVIDADOS

En este día que nos trae tantos recuerdos, parece una contradicción el título del artículo: “Nuestros Héroes Olvidados”. Pero es así, una realidad que debería llenarnos de vergüenza, porque la parte exitista de la sociedad y por otro lado el sector de los que no saben o no quieren conocer la verdad, han convertido a nuestro héroes de Malvinas en víctimas o culpables, cuando ellos merecen un tratamiento distinguido, destacado, junto al reconocimiento de toda la ciudadanía...

Que si fue un acto desesperado de un gobierno decadente; que si la aventura le costó a los militares la caída del poder; que si patatín o patatán... ¿quién habla de la entrega patriótica de miles de soldados en nuestro querido Sur?

Hasta se permiten la irreverencia, en programas de lo más grotescos, donde la creatividad y calidad brillan por su ausencia y el eje del producto “periodístico” o “artístico” es la burla, referirse a la gesta de Malvinas como un hecho bochornoso y olvidable.

Bochornosos son los pseudos periodistas, conductores, etc., que sin una pizca de educación y menos aún patriotismo (¿qué les estoy pidiendo a quienes se prestan a lo que sea por unos pesos?) utilizan los medios para hacer propaganda “antimalvinista”, sin importarles que en las islas quedaron las vidas de muchos compatriotas que creían en lo que estaban intentando.

La mayoría de los que tan negativamente hablan o escriben sobre la guerra de Malvinas, no tienen, estoy seguro, ni un poco del honor que nuestros héroes, la mayoría humildes y desconocidos, llevan en sus almas.

Esos resentidos que sólo ven el lado oscuro de aquella gesta, interiormente envidian a quienes fueron capaces de hacer algo grande por nuestro país. Una envidia que nace de la certeza de no ser otra cosa que mediocres oportunistas de la crítica fácil y “políticamente correcta”.

No les queda otra que desmerecer a los demás, tal como se los ve actuar en televisión o se los escucha por radio, buscando “emparejar” sus grises historias con las de quienes gozan de brillo.

Ensucian a los limpios para no ser los únicos sucios... ¡Qué asco!

Y mientras esas sombras sin bandera ni sentimientos patrióticos hacen sus travesuras, aplaudidos por ciertas minorías que destilan odio y jamás han hecho nada constructivo en beneficio del país, nuestros héroes continúan suicidándose, en realidad asesinados por el olvido y crueldad de muchos malos argentinos y otros tantos extranjeros que se arrogan el derecho de emitir juicios para los que no están moralmente habilitados.

La Historia, la grande, no la pequeñita manejada especulativamente por los intereses o poderes de turno, se encargará de poner en claro este episodio tan discutido. Sabremos, entonces, que la mayoría de los críticos y criticones, los que hoy se refieren a la guerra de Malvinas en tono despectivo, estaban quizás en los boliches de onda emborrachándose los sábados por la noche, comiendo asado bien regado con vino los domingos o en las canchas de fútbol vivando a sus equipos favoritos, absolutamente insensibles al dolor y la muerte de nuestros soldados que luchaban en las islas. Esos serán recordados como lo que son: “antihéroes”, que les dicen...

Y habrá un sitio especial, en las páginas de los libros y en los corazones de los argentinos, para nuestros soldados de Malvinas, que ya no serán Nuestros Héroes Olvidados.

¡Honor a Nuestros Héroes! ¡Viva la Patria!

José Manuel Franc

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martes, enero 09, 2007

EL MATE: CUALIDADES Y SECRETOS

—¿Qué les parece si antes de leer el artículo se preparan unos matecitos? ¡Se van a sentir más a tono con el espíritu de la letra! ¡Buen provecho...!



Un agradecimiento muy especial a nuestra querida gran amiga Doña Chichonga, por habernos permitido ilustrar con su fotografía esta publicación.



Introducción

Según los entendidos, el vocablo MATE en voz castellanizada proviene del quechua MATI y significa vaso o recipiente para beber.

La palabra mate, entonces, designa al recipiente en que se sirve la infusión, pero de igual modo a la infusión en sí. Por eso decimos: “Se rompió el mate, tendré que comprar otro”. O, cuando de tomarlo se trata: “¡Qué sabroso está el mate!”

Cuando ofrecemos “un mate” no estamos pretendiendo obsequiar el recipiente, sino convidar la infusión cebada con la intención de agasajar a alguien.


Pasos previos

Se pueden utilizar cualquiera de los recipientes imaginables para cebar mate. En el mercado local existe una variedad increíble de mates, desde los típicos de calabaza, madera o metal, hasta los de pezuña, hueso, acero inoxidable, plata y oro, etc.

La elección del recipiente dependerá, entonces, del gusto del cebador.

Al decir de un prestigioso estudioso del tema, las mateadas más gustosas son las que se hacen usando de recipiente una calabaza seca, pues ésta tiene la cualidad natural de adquirir el sabor propio de la yerba.

Al mate de calabaza se lo cura llenándolo con yerba nueva y agua a unos ochenta grados. Se lo deja en reposo unas ocho horas y se renueva la operación, no olvidando raspar muy bien el fondo para extraer los restos de materia orgánica.

La bombilla también necesita un proceso previo antes de ser usada: se la debe hervir durante diez minutos en agua con tres cucharaditas de bicarbonato de sodio.


Preparación

1. Ahora que los instrumentos ya están listos, es posible preparar el mate. Al recipiente se le debe poner yerba hasta sus dos terceras partes de capacidad. Es importante que ésta sea de buena calidad y que sus componentes –palo, polvo y hojas– estén en cantidades equilibradas.

2. Luego hay que dar vuelta el mate y sacudirlo con fuerza, para que el polvo excedente quede en la mano y la yerba se acomode sobre uno de los costados.

3. En el espacio que queda vacío hay que verter un poco de agua fría o tibia y dejar que se absorba: esto permitirá que el mate conserve durante más tiempo su gusto y sea suave (y que la yerba no se “queme”).

4. Cuando se introduce la bombilla hay que taparle el pico hasta acomodarla.

5. Ya entonces se puede agregar el agua –de pava o termo–, que debe estar a unos setenta u ochenta grados. Se debe tener precaución de no mojar toda la yerba, para que la parte seca sirva de repuesto cuando el mate se vaya lavando.

6. Por último, un consejo muy útil: no dejen pasar mucho tiempo entre una cebada y la otra.


Comentario

El mate, como hemos leído hasta aquí, es más que un recipiente o una infusión. Es un ícono de nuestra cultura nacional.

No existe lugar en Argentina donde el mate no sea apreciado como una parte entrañable de la propia vida.

Es compañero de trabajo o estudio, excusa para reunirse los amigos, amable principio de noviazgos, estimulante natural, diurético, laxante, digestivo, alimento leal en momentos de escasez, inicio y remate de cada jornada... ¡un verdadero ritual...!

Por eso, porque hay mucho para hablar del mate y no nos alcanzaría el blog completo, nos ha parecido apropiado abrochar esta publicación con algo muy lindo que le escuchamos decir por radio un día a Lalo Mir y que les ofrecemos a continuación.

Tomás Matienzo ;-)




EL MATE

El mate no es una bebida. Bueno..., ¡sí...!: es un liquido y lo ingerimos por la boca. Pero no es una bebida...

En este pais nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse la cabeza cuando se está pensando.

El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien y te hace pensar cuando estás solo.

Cuando alguien llega a tu casa la primera frase es “Hola” y la segunda “¿Tomamos unos matecitos?”

Esto ocurre en todas las casas. En las de los ricos y en las de los pobres.

Entre mujeres charlatanas y chismosas, y también entre hombres serios o inmaduros.

Entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan.

Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni poner mala cara.

Peronistas y radicales ceban y toman mate sin preguntar.

En verano y en invierno.

Es lo único en que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.

Cuando tenés un hijo le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar. Y se sienten grandes.

Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo.

Despues ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.

Cuando conocés a alguien por primera vez, le convidás unos mates.

La gente pregunta, cuando no hay confianza: “¿Dulce o amargo?”. El otro responde: “Como tomes vos”.

Los teclados de Argentina están todos manchados de yerba.

La yerba es lo único que hay siempre en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas.

Y si un día te quedaste sin yerba, un vecino tiene y te da, porque eso no se le niega a nadie.

Este es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez, solos, unos mates.

No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto es que ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo... ¡pero no es un día cualquiera!

Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un mate solos. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones.

Matear es nada más y nada menos que un intercambio de valores...

Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena. La charla, no el mate.

Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar. Vos hablás mientras el otro toma y viceversa.

Es la sinceridad para decir: “¡Basta, cambiá la yerba!”

Es el compañerismo hecho momento.

Es la sensibilidad al agua hirviendo.

Es el cariño para preguntar, estúpidamente: “¿Está caliente, no?”

Es la modestia de quien ceba el mejor mate.

Es la generosidad de dar hasta el final.

Es la hospitalidad de la invitación.

Es la justicia de uno por uno.

Es la obligacion de decir “¡Gracias!”, al menos una vez al día.

Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir.

Ahora vos sabés: un mate no es sólo un mate...

(Editoriales Lalo BlaBla, Radio Mitre)

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sábado, enero 06, 2007

FUEGO DEL AYER

Luego de escribir el artículo “La Voz de mi Alma” sentí revivir, con fuerza increíble, infinidad de momentos de mi pasado que creía olvidados. Gente muy amiga me instó a publicar esos recuerdos para compartirlos con quienes hayan experimentado similares vivencias o nunca conocido esos capítulos de nuestro ayer porteño. Hoy les ofreceré “Las fogatas de San Pedro y San Pablo”.

Los chicos de las distintas cuadras, a las que pomposamente denominábamos “barrios”, nos disputábamos las ramas de los árboles que podábamos selectivamente, siempre buscando las más secas, aquellas que en su momento ardieran más fácilmente.

Luego de cortarlas las guardábamos en las copas más altas, pero durante las noches eran extrañamente cambiadas de lugar por invisibles “duendes” que no cesaban de repetir tales travesuras hasta la última jornada previa a las grandes “fogaratas”.

Después de todas esas “mudanzas” las cantidades de ramas terminaban siendo repartidas por igual entre los chicos de los “barrios”, previa intervención oficiosa de padres y vecinos en general que no querían vernos pelear.

Llegado el 29 de Junio armábamos la estructura de la fogata durante la tarde, no demasiado temprano, apenas unas horas antes de la noche, para evitar que la policía o alguna cuadrilla municipal nos tirara abajo todo.

Las señoras y chicas del barrio se encargaban de preparar un muñeco, por lo general tan grande como un hombre adulto, al que vestían con telas muy coloridas y hasta le ponían sombrero. Ese muñeco sobresalía unos dos metros de lo más alto de la “montaña” de ramas, maderas y trapos, siendo visible desde más de cinco cuadras de distancia en línea recta.

La noche nos reunía a chicos y grandes alrededor del proyecto compartido por casi todo el vecindario.

En un determinado momento aparecían las antorchas encendidas por los mayorcitos y la fiesta comenzaba. Las llamas subían lentamente por las ramas mitad secas mitad verdes y nosotros gritábamos, fascinados por el serpenteo del fuego, mientras la gente más grande se reía y aplaudía.

Eran escenas maravillosas, diferentes a las de todos los días, donde nadie se sentía ajeno a la celebración. Por unas horas, padres e hijos, abuelos y nietos, tíos y sobrinos, cumplíamos ese ritual que se repetía anualmente y durante el cual las edades de las personas desaparecían mágicamente hasta convertirnos todos en pibes.

El muñeco empezaba a incendiarse y los gritos de euforia se multiplicaban, hasta que poco a poco las llamas mermaban y comenzaban a acumularse las cenizas donde minutos atrás estaban las ramas que tanto trabajo nos había costado juntar. Entonces nos espantábamos bastante al descubrir el asfalto derretido en forma circular en medio de la calle.

Casi siempre al final de la fiesta, nunca antes, aparecía “el autito”, que así denominábamos al patrullero de la policía, pero los uniformados se limitaban a llamar a alguna persona mayor y recomendarle que tuviéramos cuidado de no provocar ningún incendio, después de lo cual se retiraban del lugar y no volvían, aunque los veíamos dar vueltas a un par de cuadras de distancia.

Entonces, en las brasas que aún restaban, poníamos a asar papas y batatas que luego retirábamos con palitos y las comíamos sin salarlas, apenas limpiándoles las cenizas que las cubrían. Nos reíamos y disfrutábamos mucho esos “manjares” que nos repartíamos amistosamente.

A la mañana siguiente, apenas abrían las puertas los comercios, la cuadrilla municipal reparaba el asfalto dañado y ese manchón negro nos recordaba, durante meses, la “fogarata” de San Pedro y San Pablo que habíamos armado más grande y pintoresca que ningún otro “barrio” a la redonda...

J. E. M.

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miércoles, enero 03, 2007

ZAPATOS DORADOS

Una historia que enseña el verdadero valor de las cosas.

Solo faltaban cinco días para la Navidad. Aún no me había atrapado el espíritu de estas fiestas. Los estacionamientos llenos, y dentro de las tiendas el caos era mayor. No se podía ni caminar por los pasillos.

—¿Por qué vine hoy? —me pregunté.

Me dolían los pies lo mismo que mi cabeza. En mi lista estaban los nombres de personas que decían no querer nada, pero yo sabia que si no les compraba algo se resentirían. Llené rápidamente mi carrito con compras de último minuto y me dirigí a las colas de las cajas registradoras. Escogí la más corta. Calculé que serian por lo menos veinte minutos de espera.

Frente a mí había dos niños, un pequeñín de diez años y su hermanita de cinco años.

Él estaba mal vestido con un abrigo raído, zapatos deportivos muy grandes, a lo mejor tres tallas más grande. Los jeans le quedaban cortos. Llevaba en sus sucias manos unos cuantos billetes arrugados.

Su hermana lucía como él, sólo que su pelo estaba enredado. Ella llevaba en sus manitos un par de zapatos de mujer dorados y resplandecientes.

Los villancicos navideños resonaban por toda la tienda y yo podía escuchar a la niñita tararearlos. Al llegar a la caja registradora, la niña le dio los zapatos cuidadosamente a la cajera, como si se tratara de un tesoro.

La cajera les entregó el recibo y dijo:
—Son seis pesos con noventa y nueve.

El niño puso sus arrugados billetes en el contador y empezó a rebuscarse los bolsillos.

Finalmente contó tres pesos con veinticinco centavos.

—Bueno, pienso que tendremos que devolverlos, volveremos otro día y los compráremos —añadió.

Ante esto la niña dibujó un puchero en su rostro y dijo:
—Pero a Jesús le hubieran encantado estos zapatos.

—Volveremos a casa, trabajaremos un poco más y regresaremos por ellos. No llores, vamos a volver —le animó lo mejor que pudo su hermano.

Sin tardar, yo completé el dinero faltante y se lo entregué a la cajera. Los niños habían estado esperando en la cola por largo tiempo y después de todo era Navidad.

Y en eso un par de bracitos me rodearon tiernamente y una voz me dijo:
—¡Muchas gracias, señor!

Aproveché la oportunidad para preguntarle a la niñita qué había querido significar cuando dijo que a Jesús le encantarían esos zapatos. Y la niña con sus grandes ojos redondos me respondió:
—Mi mamá está enferma y yéndose al cielo. Mi papá nos dijo que se iría antes de Navidad para estar con Jesús. Mi maestra de catecismo dice que las calles del cielo son de oro reluciente tal como estos zapatos. ¿No se le verá a mi mamá hermosa caminando por esas calles con estos zapatos?

Mis ojos se inundaron al ver una lágrima bajar por el radiante rostro de la pequeña.

—¡Por supuesto que sí! —le respondí. Y en silencio le di gracias a Dios por usar a estos niños para recordarme el verdadero valor de las cosas.

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miércoles, julio 26, 2006

EL MEJOR REGALO

“El dia que mi María José nació, en verdad no sentí gran alegría, porque mi decepción parecía ser más grande que el gran acontecimiento que representa tener un hijo”.

“Yo quería un varón. A los dos días de haber nacido, fui a buscar a mis dos mujeres, una lucía pálida y la otra radiante y dormilona. En pocos meses me dejé cautivar por la sonrisa de María José y por el negro de su mirada fija y penetrante”.

“Fue entonces cuando empecé a amarla con locura. Su carita, su sonrisa y su mirada no se apartaban ni un instante de mi pensamiento. Todo se lo quería comprar; la miraba en cada niño o niña; hacia planes; todo sería para mi María José”.

Este relato era contado a menudo por José, el padre de María José. Yo también sentía gran afecto por la niña que era la razón más grande para vivir de mi amigo, según decía él mismo.

Una tarde estábamos su familia y la mia haciendo un picnic a la orilla de una laguna cerca de casa y la niña entabló una conversación con su papá que todos escuchamos.

—Papi, cuando cumpla quince años, ¿cuál será mi regalo?

—Pero mi amor, si apenas tienes diez añitos. ¿No te parece que falta mucho para esa fecha?

—Bueno papi, tú siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto por aquí.

La conversación se extendía y todos participamos de ella. Al caer el sol regresamos a nuestras casas.

Una mañana me encontré con José frente al colegio donde estudiaba su hija quien ya tenia catorce años. El hombre se veía muy contento y la sonrisa no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo me mostró el registro de calificaciones de María José, eran notas impresionantes, ninguna bajaba de veinte puntos y los estímulos que les habían escrito sus profesores eran realmente conmovedores. Felicité al dichoso padre y le invité a un café. María José ocupaba todo el espacio en la casa, en la mente y en el corazón de la familia, especialmente el de su padre.

Fue un Domingo muy temprano, cuando nos dirigíamos a misa, que María José tropezó con algo, eso creímos todos, y dio un traspié. Su papá la agarró de inmediato para que no cayera. Ya instalados en nuestros asientos, vimos como María José fue cayendo lentamente sobre el banco y casi perdió el conocimiento. La tomé en brazos mientras su padre buscaba un taxi y la llevamos al hospital.

Allí permaneció por diez días y fue entonces cuando le informaron que su hija padecía de una grave enfermedad que afectaba seriamente su corazón, pero no era algo definitivo, que debían practicarle otras pruebas para llegar a un diagnóstico firme.

Los días iban transcurriendo, José renunció a su trabajo para dedicarse al cuidado de María José; su madre quería hacerlo pero decidieron que ella trabajaría, pues sus ingresos eran superiores a los de él.

Una mañana, José se encontraba al lado de su hija cuando ella le pregunto:

—¿Voy a morir, no es cierto? Te lo dijeron los médicos.

—No mi amor, no vas a morir. Dios, que es tan grande, no permitiría que pierda lo que más he amado en el mundo, respondió el padre.

—¿Van a algún lugar? ¿Pueden ver desde lo alto a las personas queridas? ¿Sabes si pueden volver?

—Bueno hija, en verdad nadie ha regresado de allá a contar algo sobre eso, pero si yo muriera no te dejaría sola. Estando en el más allá buscaría la manera de comunicarme contigo, en ultima instancia utilizaría el viento para venir a verte.

—¿El viento? ¿Y cómo lo harías?

—No tengo la menor idea, hija; sólo sé que si algún día muero, sentirás que estoy contigo cuando un suave viento roce tu cara y una brisa fresca bese tus mejillas.

Ese mismo día por la tarde, llamaron a José. El asunto era grave, su hija estaba muriendo, necesitaban un corazón pues el de ella no resistiría más de unos quince o veinte días.

¡Un corazón! ¿Dónde hallar un corazón? ¿Lo vendían en la farmacia acaso, en el supermercado, o en una de esas grandes tiendas que propagandean por radio y televisión? ¡Un corazón! ¿Dónde?

Ese mismo mes, María José cumpliría sus quince años. Fue el Viernes por la tarde cuando consiguieron un donante. Las cosas iban a cambiar.

El Domingo por la tarde, ya María José estaba operada. Todo salió como los médicos lo habían planeado. ¡Éxito total!

Sin embargo, José no había vuelto por el hospital y María José lo extrañaba muchísimo. Su mamá le decía que ya que todo estaba bien sería él quien trabajaría para sostener la familia.

María José permaneció en el hospital por quince días más. Los médicos no habían querido dejarla ir hasta que su corazón estuviera firme y fuerte y así lo hicieron.

Al llegar a casa todos se sentaron en un enorme sofá y su mamá, con los ojos llenos de lágrimas, le entregó a María José una carta de su padre.

“María José, mi gran amor:

Al momento de leer mi carta, debes tener quince años y un corazón fuerte latiendo en tu pecho. Esa fue la promesa de los médicos que te operaron.

No puedes imaginarte ni remotamente cuánto lamento no estar a tu lado en este instante. Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenias diez años y la cual entonces no respondí.

Decidí hacerte el regalo más hermoso que nadie jamás ha hecho. Te regalo mi vida entera sin condición alguna, para que hagas con ella lo que quieras. ¡Vive, hija!

Te amo...”


María José lloró todo el día y toda la noche. A la mañana siguiente fue al cementerio y se sentó sobre la tumba de su papá. Lloró como nadie lo ha hecho y susurró:

—Papi, ahora puedo comprender cuánto me amabas. Yo también te amaba, aunque nunca te lo dije. Por eso también comprendo la importancia de decir “te amo”. Y te pediría perdón por haber guardado silencio.

En ese instante las copas de los árboles se movieron suavemente. Cayeron algunas flores y una suave brisa rozó las mejillas de María José. Alzó la mirada al cielo, se levantó y caminó a casa...


Enviado por Carlos Javier Mazzera

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sábado, julio 22, 2006

LA VOZ DE MI ALMA

Nacido y criado en un hogar humilde, aprendí desde muy pequeño a valorar el pan en la mesa, la familia reunida y los libros que mis padres me regalaban cada vez que podían.

Crecí leyendo, escribiendo, dibujando mis propias historietas e intercambiando revistas usadas con los chicos del barrio.

Nunca pedí demasiado, más bien me cuidaba de insinuar que sentía ganas de comer algo en especial o de tener un par de zapatos como el de fulanito...

Veía a mis padres luchar con dignidad en pos de algún progreso, en medio de la escasez que jamás fue miseria ni hambre ni vergüenza... y mi corazón latía muy fuerte cuando a hurtadillas les observaba los rostros y descubría en sus ojos la paz de los buenos.

¡Cuánta admiración, casi veneración, despertaron en mi interior mis amados padres! No olvido a mi madre, muy delgada en ese momento, padeciendo una anemia que la doblegaba, lavando a mano la ropa en aquella pileta de cemento del patio del inquilinato. Yo le cebaba mate y me sentía muy “agrandado” de hacerlo bastante bien con mis escasos cinco años y mi nada de experiencia.

Recuerdo que cuando mi madre salía para hacer algún mandado yo me apuraba a limpiar todos los muebles de la única pieza que teníamos, que a la vez era comedor y cuarto de estudio, para que al volver ella sintiera el aroma tan especial del lustramuebles y se pusiera contenta.

A veces me dejaban jugar con ese avión grandote de madera maciza que hasta hélices que se movían tenía. ¡Y cómo me gustaba armar autitos, grúas y robots con el “meccano”!

Los chicos también nos divertíamos escuchando la radio, más o menos a las seis de la tarde, siempre que estuvieran terminados todos los deberes, soñando con las aventuras de Tarzán, Sandokán y tantos otros héroes invisibles de los que apenas conocíamos sus voces.

Mi papá me hizo algunos barriletes muy grandes, media bomba y media estrella, con varillitas de madera de una cortina vieja y papel de envolver, todo pegado con engrudo casero, que hacíamos remontar vuelo en el parque Avellaneda con un ovillo de hilo chanchero que a veces me cortaba los dedos.

A unas cuadras de casa había un comercio que vendía “miel pura de abejas” de varios gustos, según las flores, y allí íbamos con mi mamá a comprar esos frascotes repletos de tan rico alimento que después me gustaba comer con pan y manteca. Cuando la miel se terminaba tomaba la leche acompañándola con rebanadas de pan con manteca y azúcar. ¡Qué ricas eran esas meriendas!

Cuando murieron esa nena del barrio y al poco tiempo la hijita de una conocida de mi mamá, no supe qué hacer en los velorios, donde todos los chicos estábamos con guardapolvos blancos y la gente murmuraba “meningitis”.

Tampoco entendí por qué ese compañerito mío de la escuela Eva Perón se enfermó de parálisis y no pudo caminar más. Me asusté cuando no me dieron la vacuna, porque pensé que podría enfermarme como los demás, pero los médicos dijeron que yo estaba inmunizado porque mi mamá había padecido de niña la “polio”. Todos los vecinos, grandes y chicos, lavábamos las calles y veredas con agua y jabón y luego les echábamos “acaroína” para matar los “bichitos” de la “polio”. Pintábamos con cal los árboles y postes y cordones. Después supimos, pasados muchos años, que ninguna de esas medidas de prevención servían para nada, pero de igual manera creo que nos ayudaron a no sentir tanto miedo.

Me dolía saber que mi mamá, tan inteligente y con esa vocación por el estudio que siempre tuvo, se vio obligada a dejar la escuela primaria porque algunas madres de otras alumnas del establecimiento se quejaron de que una enferma de “polio” se sentaba cerca de sus hijas. Creo que durante algunos de esos ratos de llanto contenido nació en mi interior este amor tan grande hacia mis hermanos con problemas de salud...

Fui creciendo a los tirones, un poco niño y otro poco “adulto”, porque se nos exigía mucha responsabilidad por aquellos tiempos y no siempre se aceptaba que nos comportáramos infantilmente. En voz muy baja y sin que los mayores se dieran cuenta me enteré de cómo nacían los bebés, que era mentira que los traían las cigüeñas y que la verdad era que las señoras llevaban a los chiquitos dentro de la panza. Un día me toqué la boca, encima del labio superior, y casi me desmayo porque me había crecido vello. ¡Qué vergüenza ese período!

Luego de esa etapa, a los “doce años para trece”, nos mudamos a la provincia, a un lugar que nos gustaba mucho porque el sol nos tostaba enseguida como si estuviéramos en la playa. ¡Qué satisfacción jugar a la pelota en los potreros! Un compañero mío de sexto grado (ahora sería séptimo) iba a la escuela a caballo, porque vivía muy lejos y ese colegio era el único en toda la zona. Recuerdo que ese chico me pasaba a buscar algunas tardes por casa y juntos paseábamos en el caballito blanco con manchas negras.

A muchos chicos no invité a mi casa, porque cuando nos mudamos era una construcción hecha de ladrillos montados en barro y cal, con techos de chapas de cartón, y no teníamos comodidades como para ofrecerles a personas acostumbradas a otras condiciones. Sin embargo venían a visitarnos y hasta se quedaban semanas enteras algunos parientes “del centro” y ex vecinos de nuestra anterior casa de Flores, y nosotros nos sentíamos muy felices de tenerlos a nuestro lado.

¡Cómo me gustaba labrar la tierra, sembrar y luego cosechar tantas variedades! Cada visita que llegaba a casa no se iba sin llevarse bolsas enormes repletas de verduras y frutos recién cosechados. También tenía flores. Recuerdo que un tío de mi mamá que sabía mucho de plantas me dijo que yo tenía “mano verde” porque todo lo que sembraba crecía. No me da vergüenza confesarlo: yo le hablaba a las plantitas y también a los hermosos árboles que alegraban nuestras existencias.

No teníamos radio ni televisión porque no había ningún tendido eléctrico en la zona. Para estudiar mejor había que levantarse muy temprano, apenas salía el sol, porque de tarde, cuando volvía del colegio casi ya anocheciendo, era difícil ver bien con esa luz amarillenta y temblorosa de las velas o de las lámparas de mecha.

Tener perros y otros animalitos fue un nuevo placer que enriqueció nuestras vidas.

Con nosotros se mudó un canario blanquinegro que cantaba todo el día. El ave había sido rescatada en medio de una tormenta por Don Enrique, un muy querido vecino de Flores, justo cuando el agua estaba por arrastrar al tembloroso pichoncito hacia un desagüe. El hombre nos lo dio a nosotros para que lo tuviéramos y desde entonces y por varios años ese diminuto gran ser nos alegró la vida. Era un canarito tenor con gran espíritu y mucho carácter, que se divertía “peleando” con nosotros cada vez que acercábamos nuestras manos a la jaula. El desafío consistía en ir colocando alternadamente y a bastante velocidad los dedos de nuestras manos entre los barrotes de la jaula, tratando de evitar que él pudiera alcanzarnos con su filoso pico, pero casi siempre adivinaba nuestros movimientos y terminábamos el “combate” con varios dedos lastimados. Por esa actitud valiente mi mamá lo bautizó “Pascualito”, en homenaje a Pascual Pérez, nuestro primer campeón mundial de boxeo, el pequeño gigante del deporte nacional. Un día nuestro tenorcito se unió al coro de angelitos que le cantan a Dios en el Cielo y desde entonces jamás volvimos a tener un ave enjaulada en nuestra casa.

Un tío nos trajo una lorita que tenía un ojo deformado por un golpe que le habían dado. Enseguida le tomamos cariño y ella se adaptó inmediatamente a su nuevo hogar. Hablaba hasta por los codos y le gustaba que le cantaran cerca del oído. Cuando nos escuchaba entonar alguna zamba o chacarera, que era la música de moda en ese momento, o simplemente al oírnos silbar, “Nono”, que así se llamaba la parlanchina, se ponía a bailar desenfrenadamente y a ensayar sus propias “melodías”. Recuerdo que la subía a mi hombro y ella me decía secretitos detrás de la oreja y después comía semillas de girasol en mi boca, ¡pero que no se le acercara ninguna mujer...!

Tuvimos algunas gallinitas, pero lo que más recuerdo es una parejita de pigmeos hermosos que parecían perros por la manera de manejarse en la casa. Todos los animales convivían sin mayores problemas, aunque se celaban un poco cuando acariciábamos a uno y a los demás no. El gallito pigmeo era terrible, con pocas pulgas y muy peleador, pero yo me sentaba en el piso, me ponía granitos de maíz en la rodilla y él se subía a mis piernas a comer sin ningún problema y hasta se dejaba acariciar las plumas.

De a poquito fueron tendiendo cables eléctricos en la zona y así un día tuvimos luz. Recuerdo que sólo había polo vivo y que el de “tierra” se lograba conectando otro cable a la bomba de agua. La tensión eléctrica “iba y venía”, pero algo mejor que con velas estábamos.

Pasaron muchas cosas, demasiadas historias para contarlas de golpe...

Me recibí de Perito Mercantil y me ofrecieron trabajar en la escuela de la que había egresado como primera promoción. Algunas ventanas de ese instituto, caños de luz y cableado, incluso hasta partes de revoques me animé a colocar junto con un puñadito de compañeros, por eso creo que esas paredes tienen algo de mi piel y hasta de mi alma. Fui preceptor y amigo de los chicos y chicas, ayudándolos, en lo que podía, a comprender mejor esas materias tan antipáticas que a veces los profesores no tenían tiempo de explicar explayadamente. Un año de experiencia muy fructífera atesoré en mi querida escuela secundaria.

Luego me asocié con un amigo y nos instalamos en una casa muy linda que nos prestaron para preparar alumnos. ¡Qué cantidad de chicos iban a la “escuelita particular”! Nuestra mayor satisfacción fue que todos los alumnos rindieron bien sus exámenes de ingreso al secundario e incluso a la universidad. Las chicas jugaban a la pelota con sus compañeros varones en la placita del hospitalito y nosotros, los “profesores particulares”, también pegábamos un pelotazo de tanto en tanto. Los padres estaban contentos porque sus hijos tenían ganas de estudiar y a la vez se divertían sin riesgos. Fue otra experiencia magnífica e inolvidable.

Para entonces yo había madurado emocionalmente y ya no quería jugar más al “conquistador”, especialmente porque me había ido enamorando desde años atrás de una nena que luego se hizo adolescente y que al final descubrí que era la mujer de mi vida. Nos pusimos de novios y se hizo imperativo conseguir un trabajo seguro que me permitiera edificar una casa y tener lo necesario para que nos casáramos algún día.

Por medio de una persona conocida me enteré que la casa matriz de un importantísimo banco oficial incorporaría nuevos empleados, así que me presenté a la oficina de personal y me anotaron para los exámenes previos. ¡Seis horas estuve escribiendo, dibujando, analizando y respondiendo también oralmente hasta que me dieron permiso para retirarme! Fue una semana de difícil espera, pero al cabo de la misma me llegó la novedad de que había sido aprobado con un puntaje muy elevado. Mi novia se quedó estupefacta y yo no podía reaccionar de tanta alegría y emoción. Pasamos días y días haciendo planes para cuando me incorporaran al banco y comenzara a cobrar mis primeros sueldos.

“El presidente Onganía firmó un decreto congelando los nombramientos en la Administración Pública”, se podía leer en las tapas de los diarios. Fue el fin inesperado de un sueño hermoso y el principio de una realidad tambaleante. Lágrimas y rabietas después de esa noticia busqué por todas partes un trabajo, pero nada era seguro, apenas changas o contratos por tres meses, situación que se extendió demasiado pero que un día, como pasa con todo, fue cambiando un poco y entonces volví a reflotar mis proyectos y a recuperar la esperanza.

Recuerdo que era yo casi un niño estrenando la mayoría de edad, que por aquel entonces se consideraba tal recién a los veintidós años...

Fue cuando de pronto explotó la vida, se consumió en llamas de azufre y odio.

Miles de cuerpos se convirtieron en humo y olvido.

Se ajó el patriotismo y avanzó la entrega fácil, poniéndose de moda aquello de “primero yo, luego yo y siempre yo”.

Se diluyó la dignidad y creció la vergüenza.

La verdad fue atropellada y malherida por el engaño y la mentira.

El olor a muerte impregnó la piel de cada casa y las flores dejaron de ser decorativas para convertirse en símbolos de adioses desgarradores.

Las muertes prematuras tiñeron la realidad de salvaje incoherencia.

La alegría mutó en patetismo y las risas se convirtieron en muecas forzadas repletas de ecos no deseados.

Muchos niños perdieron a sus padres y muchos padres perdieron sus esperanzas.

La ingenuidad se convirtió en malicia y la inocencia se embadurnó el rostro con pólvora y sangre.

La maldad parió hijos que la honraron, mientras los puros de alma buscaban un rincón seguro donde orar al Dios del Amor.

El terror desplazó a la fe y la amistad se convirtió en delación.

El don pirulero ganó la batalla y cada cual atiende su juego...

Actualmente, los domingos a la hora del almuerzo los chicos casi no participan de las reuniones familiares, porque necesitan dormir para recuperar las energías que perdieron durante toda la noche y la madrugada en los boliches. Alrededor de la mesa apenas se sientan el papá, la mamá y quizás alguno de los abuelos. El aparato de TV es el centro de atención, no lo que alguno desee comentar u opinar. Es un día más, en realidad un día menos...

Gracias a Dios no sucede en todos los hogares, por ejemplo nunca lo he tenido que sufrir en mi casa, pero es una realidad que está resquebrajando a la sociedad.

Y otro fenómeno que nos afecta como pueblo: los hijos se han convertido en padres y estos últimos se sientes como adolescentes descubiertos en falta. ¿Roles cambiados caprichosamente por alguna mano negra...? ¿Moda...?

Se confunde respeto con sumisión y libertad con transgresión.

No nos saludamos con sincera cordialidad ni nos ocupamos de nuestro prójimo.

Hemos perdido la capacidad de escuchar y comprender.

¿Qué nos ha sucedido...? ¿Quiénes somos...?

¡No...! ¡Me niego a ocupar el lugar de los acusados...! ¡Basta de decir “nosotros” cada vez que nos referimos a pecados ajenos...! No quise ni quiero esta degradación a la que nos estamos acercando peligrosamente. Es hora de poner las piezas en su lugar y que cada persona asuma la responsabilidad que le quepa...

Miro perdidamente a mi alrededor y veo que mis hijos me observan. Me pregunto, sonrojándome: ¿Encontrarán algún motivo de admiración en mi persona?

Entonces escucho una voz muy juvenil, desde dentro de mí, que me dice:

—Soy el pibe que vive, sueña, ríe y llora en tu interior, ese purrete que nunca dejaste morir ni contaminarse... Me alimento de tus mejores sentimientos y siempre estaré ayudándote a luchar en pos de una Patria con memoria y dignidad, sin odio pero con justicia, para que los chicos de hoy, los que ya no tienen ni siquiera potreros libres para jugar a la pelota, puedan remontar barriletes mitad bomba mitad estrella en los parques de todo el país, en un cielo libre de acechanzas y repleto de sol...

Noto que mis hijos sonríen e intuyo que ellos también escucharon la voz de mi alma. Les devuelvo la mirada con ternura y saboreo un rico café que me ha traído mi esposa. Estoy tranquilo y agradecido, porque me siento vivo y con fuerzas para seguir avanzando...

J. E. M.

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sábado, julio 15, 2006

LA BOCA TORCIDA

No hay nada tan desagradable como un esposo o esposa llenos de amargura que agreden y desvalorizan a su cónyuge. A la vez, nada es tan hermoso como una relación amorosa que responde al magnífico plan de Dios. Cerraremos con un ejemplo brillante de este amor divinamente inspirado. Lo escribió un cirujano que lo vivió. Quizás sus palabras lleguen a conmoverlos profundamente, como me sucedió a mí.

"Estoy junto al lecho en que yace una joven mujer, el rostro propio de un postoperatorio, la boca torcida por la parálisis, grotesca. Una pequeña porción de su nervio facial, el que iba a los músculos de la boca, ha sido seccionado. Su rostro quedará así de ahora en adelante. El cirujano había seguido con fervor religioso la curva de tejido, se lo puedo asegurar. Sin embargo, para quitar el tumor de su mejilla, era inevitable cortar ese pequeño nervio.

Su joven esposo está en la habitación. Está del otro lado de la cama, y parecen estar juntos bajo la luz mortecina de la lámpara, ajenos a mi presencia, solos. ¿Quiénes son, me pregunto, él y esta boca torcida que he creado, que se miran y se acarician tan generosamente, con tanto anhelo? La joven esposa habla primero.

—¿Quedará siempre así mi boca? —pregunta.

—Sí —le respondo—. Quedará así porque cortamos el nervio.

Ella asiente, en silencio. Pero el hombre joven sonríe.

—A mí me gusta —dice—. Es simpática.

Sin dudarlo, se inclina y la besa en la boca torcida, y yo estoy tan cerca que puedo ver cómo tuerce sus propios labios para acomodarse a los de ella, para mostrarle que aún se pueden besar. Contengo el aliento, me lleno de asombro."

Dr. James Dobson

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sábado, junio 10, 2006

LA VIDA DESPUES DE LA MUERTE




Con especial reconocimiento a mi amigo y hermano Pedro Romaniuk*, investigador, escritor, conferencista, quien ha experimentado en su propio ser la apasionante aventura de traspasar el umbral de la vida y regresar luego a nuestro mundo para informarnos sobre esa realidad que existe a pesar de ser invisible a nuestros ojos físicos...



Corría la década del setenta. Eran tiempos tumultuosos en la región. La muerte estaba constantemente como tema central en la tapa de los diarios y revistas. Comenzaron a difundirse estudios e investigaciones muy importantes sobre un asunto que, tal como expliqué anteriormente, estaba en la mente de todos nosotros: la muerte.

Primero fueron noticias sueltas dadas en informativos radiales o algunos recuadritos en los diarios. Más tarde, ya instalado el tema masivamente, aparecieron artículos completos en revistas, para dar paso a libros muy bien producidos y documentados. También se rodaron películas que encaraban científicamente ese aspecto tan delicado de nuestra existencia. La televisión proyectó documentales provenientes de las naciones más desarrolladas, ampliando la información que hasta entonces había llegado a nosotros. Se organizaron conferencias colmadas de espectadores deseosos de enterarse qué se sabía de nuevo respecto del Más Allá.

Cuando aún la explosión informativa no había acontecido, las personas que habían experimentado sucesos de muerte y resucitación evitaban hablar en público sobre el particular, por temor al ridículo o a ser tildados de dementes. Sin embargo, dentro de las instituciones de investigación acontecía todo lo contrario, pues las experiencias eran tratadas con absoluta seriedad y reserva, condiciones que incentivaban el sinceramiento de los individuos que habían traspuesto el límite de la vida y retornado a este nivel de existencia.

Fue durante una reunión organizada por cierta institución de estudio e investigación de la que yo era miembro, a la que asistimos más de mil setecientas personas bajo promesa de reserva, que conocí a uno de los sujetos más creíbles, quien nos narró su propia experiencia de muerte y retorno.

Los datos de la persona no puedo mencionarlos, pero estoy autorizado a decir que en esa época era Ingeniero Jefe de un área muy importante en una empresa petrolera. Lo que sigue es el relato que escuchamos de boca de ese Ingeniero.



Desde muy pibe me caractericé por desconfiar de todos y todo, no sé por qué, pero lo cierto es que mi escepticismo incluía a Dios y por supuesto a lo no comprobable por métodos científicos. No creía en el alma ni en la trascendencia del ser más allá de la vida terrenal. Así crecí y construí mi personalidad. Recuerdo que no pocas personas me acusaron de cínico, frío y carente de sentimientos. Me parece que quienes pensaban esas cosas de mí no estaban muy desacertados.

Al poco rato de ingresar como peón a la empresa me gané varios enemigos, incluso entre mis pares, por mi actitud altanera y mi escasa o nula predisposición a aceptar con humildad órdenes o sugerencias. Llegué a estar al borde del despido, algo que muy probablemente se hubiera concretado de no haberme sucedido lo que voy a contarles.

Estaba en lo alto de la plataforma marina de sondeo donde cumplía mis tareas, cuando el oleaje se convirtió en un rock cada vez más frenético y peligroso. Un embate rudo y seco del agua inclinó varios grados la estructura, provocando mi caída desde una altura muy considerable. Supe que si no hacía nada me estrellaría contra la superficie de la plataforma, así que moví brazos y piernas para ladearme todo lo posible, logrando de esa manera caer en el océano. Fue un golpe terrible del que sólo recuerdo el vértigo y el ruido.

Cuando desperté, en una cama de terapia intensiva, escuché a alguien murmurar muy quedamente: —¡Gracias, Dios mío, gracias por devolverle la vida, gracias por escuchar mis ruegos!

Luego volví a caer en el sopor.

Ya bastante recuperado y con mis ojos abiertos, una enfermera muy amable y maternal me explicó que había poca iluminación en la sala para evitarme inconvenientes en la vista, ya que durante unos días estaría yo muy sensible a las luces y sonidos fuertes. Comunicó a los demás integrantes del cuerpo médico la novedad de mi estado de salud y al momento aparecieron todos a visitarme.

Me tocaban, palmeaban y decían palabras de alegría y aliento que jamás olvidaré. En ese instante necesité pedirles que por favor se callaran un poco. Me miraron comprensivos, imaginando que quizás sus voces habían afectado mis oídos, pero inmediatamente les aclaré el porqué de mi pedido: —No me molestan, todo lo contrario. Es que deseo escuchar una voz en particular. Por favor, de a uno díganme cómo son sus nombres y apellidos.

Los fui escuchando a medida que se presentaban y agradeciéndoles individualmente lo que habían hecho por mí, hasta que el último, que resultó ser el médico jefe, me habló con la misma voz que había musitado aquella oración de gratitud tan hermosa que había impactado en mi alma. Me emocioné hasta las lágrimas y casi afónico le pedí que se acercara y me diera su mano. Él lo hizo así inmediatamente, sin imaginar que yo le besaría ambas manos. Quiso apartarlas, por humildad, pero yo las retuve y volví a besarlas varias veces, mientras le decía: —¡Gracias, muchas gracias!

Desconcertados y emocionados por mi actitud, todos me rodearon y llenaron de amor y ternura, mientras sus voces me instaban a tener confianza y esperar unos días para mi restablecimiento total. Entonces les pedí que me contaran qué había sucedido a partir de mi contacto con el agua y la internación en el hospital. Esto fue más o menos lo que me explicaron:

“El agua estaba a menos de cinco grados por debajo del nivel cero. Usted cayó de cabeza y costado, golpeando secamente con el hombro izquierdo, lo que le provocó la fractura de clavícula. Al perder el conocimiento su cuerpo se sumergió hasta una profundidad de casi veinte metros, donde las corrientes internas lo salvaron de hundirse más. Sus compañeros del grupo de emergencias lo rescataron lo más rápido que pudieron, pero recién lo sacaron a la superficie luego de aproximadamente veinticinco minutos. Quiere decir que usted estuvo sin recibir oxígeno todo ese tiempo.

“Pero eso no es lo más notable, mi amigo. Lo llamativo del caso es que clínicamente usted falleció. Cuando lo asistimos en la ambulancia usted estaba muerto y recién acá en el hospital pudimos revivirlo, pero entre el tiempo que pasó hundido y lo que nos llevó traerlo hasta acá y culminar las maniobras de resucitación transcurrieron aproximadamente cuarenta y cinco minutos. Casi abandonamos el intento, pero algo nos hizo continuar a pesar de no recibir señales de reacción de su parte. Imagínese cuando notamos que le había vuelto el pulso”.

Bueno, ¿cómo explicar lo que sentí al escuchar el relato de los médicos? Les agradecí y les pregunté si estaban preparados para oír mi propia versión al respecto. Recuerdo que el médico jefe levantó las cejas como diciéndome “¿Qué historia puede usted contarnos, si estaba clínicamente muerto?”

Me dijeron que sí, que tenían muchos deseos de escucharme, de modo que me acomodé en la cama para poder verlos a los ojos a todos y relaté lo siguiente:

“No sentí dolor al golpearme. Apenas sí el vértigo de la caída y la sensación de hundirme en el agua. Inmediatamente me encontré de pie ante un paisaje que jamás había visto. Todo estaba iluminado con una luz blanca y pareja que no proyectaba sombras. Era muy potente pero no me encandilaba. Me pareció que esa luz se metía en mi cuerpo y yo pasaba a ser parte de ella. De pronto advertí unas formas en el horizonte, al final de esa especie de sendero blanco. Al principio no pude darme cuenta de qué se trataba, mas al cabo de unos instantes la visión se hizo más clara y entonces sentí una de las más grandes emociones de mi vida, pues allí estaban, entre otras personas que nunca había visto, mi abuelo y mi tío, estos últimos fallecidos hacía bastante tiempo.

“Mi abuelo se acercó a mí sin decirme nada. Me miró con alegría y ternura. Quise preguntarle algo y él se me adelantó diciéndome: —Sí, soy yo. No estás soñando. En este momento estás más despierto que nunca.

“—¿Estoy muerto, abuelo? ¿Por eso es que puedo verte?

“En eso se acercó mi tío. Estaba tan jovencito como cuando había partido de este mundo. Era el hermano menor de mi mamá. Fue mi primer amigo y confidente. Me llevaba apenas diez años y por eso creo que me había adoptado como hermano menor más que sobrino. Jugaba conmigo largas horas y siempre me traía de regalo alguna golosina o chiche. Una infección no detectada a tiempo arrasó con su vida y me lo robó. Creo que fue entonces cuando perdí la confianza en todo y me convertí en un escéptico feroz.

“—¿Cómo estás, hermanito? ¿Así que no creías más que en lo que podías ver y tocar? ¿Y ahora qué pensás?

“Lo escuché decirme esas frases con su eterno tono alegre y amigable y una gran paz me envolvió. Con emoción le respondí: —Estaba equivocado, tío. Ahora me doy cuenta. Lástima que tuve que morir para saberlo.

“—¿Quién te dijo que estás muerto? Apenas estás viendo el umbral. De alguna manera estás entre uno y otro estado de existencia, ¿comprendés?

“Escuché asombrado la explicación de mi tío, mientras mi abuelo me miraba con una sonrisa en sus labios. Entonces pregunté: —Si no estoy muerto, ¿cómo es que puedo verlos a ustedes?

“—Acabo de explicártelo. Para ver más allá de tu estado terrenal no hace falta morir. Muchos seres encarnados pueden visitarnos con sus mentes y almas y ellos saben que existe vida después de ese pasaje al que casi todos temen, me refiero a la muerte.

“¡Qué alivio sentí en ese momento! Comprendí que había mucho más aparte de las cosas pequeñas y efímeras del mundo tridimensional. Estaba tan a gusto que quería quedarme allí para siempre.

“Supongo que mi tío de alguna manera supo lo que yo estaba pensando, porque me dijo: —No, hermanito. Ahora no podés quedarte, todavía tenés mucho por hacer. No es cuestión de venir acá porque se está mejor que allá.

“—¿Significa que volveré a la Tierra? ¿Y no podré verlos más hasta que muera? ¿Y me olvidaré de esto que ahora estoy viviendo?

“Con la misma risa contagiosa que alegrara mis días de niñez, mi tío me sugirió que me tranquilizara y le formulara una pregunta a la vez.

“—Está bien, tío. Tenés razón, me estoy portando como un chico, pero es que esto es increíble y necesito saberlo todo.

“—No, hermanito. Ahora no vas a saber todo. Conformate con llevarte de acá algo que pocos seres humanos tienen oportunidad de recibir. Creo que es suficiente. Lo demás te compete a vos.

“—Una pregunta, entonces, tío. Esta sí tenés que respondérmela.

“Mi tío volvió a mirarme con ese gesto tan tierno de hermano mayor y me dijo: —Te escucho. Pero apurate porque me parece que se te está terminando el tiempo.

“No comprendí bien el alcance de sus palabras, porque mi atención estaba puesta en la pregunta que me quemaba por dentro: —Entonces, tío, ¿Dios existe? ¿Ustedes lo pueden ver?

“—Hermanito, ¿acaso querés verlo a Dios como si fuera una persona con forma y dimensiones humanas? ¡Claro que existe! ¿Y sabés dónde está?

“Esperé con ansiedad su explicación. Él se acercó un poco más a mí, adelantó sus manos, abrió las palmas y con vigor me tocó el pecho, empujándome, mientras me decía: —Ahí está Dios, hermanito. No lo dudes, sobrino. Él está dentro de tu ser.

“Me sentí caer hacia atrás como si una ráfaga me absorbiera. Una especie de trueno grave y ensordecesor se coló en mis oídos aturdiéndome. De pronto sentí frío, humedad y dolor. Me pareció que otra vez estaba en mi cuerpo y me esforcé en abrir los ojos hasta lograrlo a medias. Fue entonces que lo escuché a usted, doctor, darle gracias a Dios por mi retorno a la vida.”



Puedo agregar que este Ingeniero llegó a cursar su carrera debido a los cambios que se suscitaron en su interior a partir de la experiencia de muerte y retorno que acabamos de leer. Se convirtió en una persona humilde y generosa. Sus superiores y compañeros no podían dar crédito a semejante metamorfosis. Al poco tiempo de reintegrarse a su trabajo fue promovido a un cargo más alto y sus jefes le aconsejaron estudiar, sugerencia que agradeció y puso en práctica inmediatamente. Luego de recibido con altas calificaciones, la empresa lo nombró asistente técnico de una de las gerencias más importantes, hasta que al cabo de pocos años fue designado Ingeniero Jefe de una de las áreas más relevantes de la compañía.

Se dedicó, aparte de sus funciones laborales, a difundir, junto a otras personas comprometidas con la misma misión, su experiencia más allá de la muerte, para que sepamos la verdad sobre tan misterioso aspecto de nuestra existencia. Hoy es un creyente absoluto y no duda de la existencia de Dios, sin por ello atarse a ninguna religión en especial, pues ÉL está en todos los seres...



(*) Pedro Romaniuk sufrió un impresionante accidente aéreo cuando era piloto militar, hace de ello varios años, quedando su cuerpo en tierra fracturado en varias partes y sin vida. Luego de un lapso impreciso retornó a esta existencia y desde ese instante se esforzó en investigar y difundir todo lo concerniente a la vida después de la muerte.

Textos e ilustración:
J. E. M.

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sábado, abril 09, 2005

HOMENAJE

Me uno en oración por el alma del Papa, que Dios lo tenga en la gloria.

Papa, al cual conocimos con mi esposa diría que casi personalmente, pues cuando estuvo en nuestro país y recorrió con el Papamóvil la avenida del Libertador, nosotros estábamos allí sin saber que él pasaría.

Caminábamos por las plazas de cerca de la Recoleta, cuando vimos un mundo de gente y sin darnos cuenta allí venía él.

Creo que nos subimos a un banco de material o algo así y sobresalíamos del tumulto de gente.

Y en una de esas cruzamos miradas.

Mi esposa y yo sentimos lo mismo.

Su mirada nos hizo temblar y emocionar tanto... como si nos hubiera tocado la fuerza del amor y la fe que llevaba consigo.

Vaya este recuerdo, por él y para él.

¡Gracias por tanta Bondad!

Manuel Eduardo

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jueves, febrero 24, 2005

RECIBE Y TRANSFORMA ...

A ti, Señor, que has resucitado y que puedes
Darme una vida nueva, te digo de corazón:
Toma, Señor, mis miedos
Y transfórmalos en confianza.
Toma, Señor, mis sufrimientos
Y transfórmalos en crecimiento.
Toma, Señor, mi silencio
Y transfórmalo en adoración.
Toma, Señor, mis crisis y problemas
Y transfórmalos en madurez.
Toma, Señor, mis lágrimas
Y transfórmalas en plegarias.
Toma, Señor, mis momentos de ira y ofuscación
Y transfórmalos en serenidad.
Toma, Señor, mi desesperanza
Y transfórmala en fe.
Toma, Señor, mi soledad
Y transfórmala en contemplación.
Toma, Señor, mis amarguras
Y transfórmalas en paz de mi alma.
Toma, Señor, mi espera
Y transfórmala en esperanza.
Toma, Señor mi muerte
Y transfórmala en resurrección.
Toma, Señor, mi corazón de piedra
Y transfórmalo en un corazón de carne.

Gracias, divino Señor, por escucharme
Y hacerme un templo de tu amor.
Amén.

P. Joel Chaira C.

Nuestro especial agradecimiento a Marí­a Lucí­a Stone Aguilar, de México, por enviarnos tan bella oración que compartimos muy sinceramente.

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