FINAL SIN PRINCIPIO
Principio: m. Primer instante del ser de una cosa. Punto considerado como primero en una extensión o cosa. Fundamento, razón fundamental sobre la cual se procede discurriendo en cualquier materia. Causa primitiva de una cosa o aquello de que otra cosa procede. Idea o máxima particular que sirve para que uno se rija.
Leyendo el diccionario podemos encontrar respuestas a infinidad de interrogantes, aunque no a todos. Por ejemplo: ¿qué malsana tentación empuja a no pocas personas a pretender gozar de derechos por los cuales jamás nada hicieron? Locos o desfachatados, estos seres equivocados corrompen y distorsionan los fundamentos morales, éticos y jurídicos que deben guiar toda actividad humana tendiente al bien común.
El diccionario no explica por qué hoy abundan tantos sabios en un mundo sin sabiduría. Es difícil comprender y más complicado aún expresarlo claramente para que otros se enteren, la actitud irresponsable y a veces criminal de individuos que, sin haber nunca ingresado a un claustro determinado se dicen egresados del mismo y hasta se animan a competir “profesionalmente” con quienes legítimamente son merecedores de ser considerados idóneos en la disciplina en cuestión.
Periodistas que se creen jueces y jueces que imaginan ser dioses. Aficionados al fútbol que suponen saber más que los directores técnicos de carrera y directores técnicos que no admiten ser falibles. Podríamos estar mucho tiempo agregando ejemplos similares, pero no vale la pena gastar papel ni tinta en algo innecesario, pues todos entendemos de qué estamos hablando, ¿no es verdad? Y si alguna duda inquietara a alguno de nuestros lectores, quizás porque no nos hemos expresado con la suficiente habilidad, bastaría, para aventar cualquier confusión, recordar el muy sonado caso de la hoy procesada falsa “doctora”, ¿está más claro?
Un actor del montón, de esos que aparecen un tiempo en la pantalla chica mostrando sus rostros “bonitos” en telenovelas de la tarde, se animó a representar un papel demasiado “dramático” para su limitada capacidad actoral y así le fue, pues, tal como la mencionada “doctora”, ha perdido el respeto de la gente y actualmente es considerado lisa y llanamente un “chanta”. Este aventurero también atentó contra la salud de sus semejantes (en este caso sin medicar fármacos como lo hacía la “doctora”), porque indujo a muchos de sus “pacientes” a no asistir más a los consultorios médicos, ya que, según sus propias palabras, él poseía el “poder mental” suficiente (por ser un “misionero elegido para aliviar a sus hermanos”) como para curar cualquier enfermedad sin necesidad de recurrir a remedios o intervenciones quirúrgicas.
La prensa barata y los programas de chimentos fueron sus herramientas más efectivas de publicidad, con resultados increíbles en la faz económica. Lego absoluto en la materia, munido de alguna que otra información memorizada como un libreto de culebrón, el audaz actorzuelo jugó el rol de “paranormal”, obviando el principio y los principios para convertirse, de la noche a la mañana, en “experto” en Psicotrónica, Parapsicología, Reiky, Metempsicosis, Alquimia Espiritual, etcétera, sin que la cara se le cayera de vergüenza. Estafó de varias formas a las gentes que creían en sus fanfarronadas, dejando un tendal de víctimas de sus actividades que supera el millar (los investigadores suponen que jamás se conocerá la cifra cierta de damnificados, porque muchos no hicieron ni harán denuncia alguna por temor al ridículo). Como él, cientos más pululan por cuanto programa de radio o televisión les permita promover sus “poderes” y “conocimientos” extraordinarios.
No hay una regla seria que todos respeten y que de alguna manera evite la proliferación de tanto “chanta” en nuestro querido país, porque quienes tienen la potestad de promulgar leyes reguladoras son, salvo honrosas excepciones, tan o más “chantas” que la “doctora” y el “paranormal”. En realidad existen figuras penales que prevén y condenan el ejercicio ilegal de cualquier profesión, pero resultan de difícil aplicación cuando los imputados son profesionales en otras disciplinas que, por una o múltiples razones del momento, traspasan los límites legales y éticos de sus propias profesiones arrogándose derechos, conocimientos, habilidades, artes o autoridad que jamás les han sido conferidos.
Para tristeza de los lectores diremos que son más los “chantas” con títulos universitarios que las “doctoras” y “paranormales” que puedan andar por ahí. Si les cuesta creerlo tómense el trabajo de recorrer durante un mes los programas televisivos en vivo. Lo que más irrita es que los improvisados (¿podría ser de otra manera?) “fiscales” y “jueces” que se ocupan, desde los mismos medios, de acusar y condenar a los “infractores”, son, para vergüenza de la Justicia y de todo el Sistema, apenas simples conductores de programas televisivos pasatistas y algunos panelistas invitados que por cierto opinan de todo y todos con increíble ligereza.
Sin sentido común no hay vergüenza y sin vergüenza no hay honor. La sociedad es como una enorme batidora repleta de miles de indefiniciones; se agita locamente por inercia y produce una suerte de “nada con pretensión de algo” que nos convierte a todos en fantasmas sin identidad. Es una mezcla mortal, porque va destruyendo irremediablemente todo lo que es coherente, lógico o justo, desnaturalizando los principios de evolución que el hombre no puede alterar. En una sociedad así trastocada es difícil, quizás hasta imposible, que podamos iniciar un proyecto capaz de llevarnos a un final luminoso, a una concreción sólida y duradera, pues no hay mañana sin hoy ni otros pasos sin el primero.
Es que no alcanza con decir “llegué”. Las medallas inmerecidas no convierten en héroe a quien las exhibe. Todos los habitantes del país deberíamos practicar una profunda autocrítica para determinar, de una buena vez, si somos o no merecedores de la triste fama de “chantas y soberbios” que nos identifica en el exterior. Quizás, si prevalecen la humildad y la verdad por sobre las “patologías” álmicas que nos esclavizan, podamos recuperar los Principios que alguna vez nos permitieron ser Nación.
No sería tan difícil, entonces, avanzar en el camino del verdadero crecimiento, interior y material a la vez, con hombres y mujeres responsables, veraces, capaces y honrados. Cada habitante tendría roles adecuados a su capacidad y predisposición, sin lugar para ambiciones que no se ajustaran a la realidad del individuo. Entonces, sólo entonces, gobernarían los más aptos...
José Manuel Franc
Publicado en La Bisagra - Septiembre de 2000
Leyendo el diccionario podemos encontrar respuestas a infinidad de interrogantes, aunque no a todos. Por ejemplo: ¿qué malsana tentación empuja a no pocas personas a pretender gozar de derechos por los cuales jamás nada hicieron? Locos o desfachatados, estos seres equivocados corrompen y distorsionan los fundamentos morales, éticos y jurídicos que deben guiar toda actividad humana tendiente al bien común.
El diccionario no explica por qué hoy abundan tantos sabios en un mundo sin sabiduría. Es difícil comprender y más complicado aún expresarlo claramente para que otros se enteren, la actitud irresponsable y a veces criminal de individuos que, sin haber nunca ingresado a un claustro determinado se dicen egresados del mismo y hasta se animan a competir “profesionalmente” con quienes legítimamente son merecedores de ser considerados idóneos en la disciplina en cuestión.
Periodistas que se creen jueces y jueces que imaginan ser dioses. Aficionados al fútbol que suponen saber más que los directores técnicos de carrera y directores técnicos que no admiten ser falibles. Podríamos estar mucho tiempo agregando ejemplos similares, pero no vale la pena gastar papel ni tinta en algo innecesario, pues todos entendemos de qué estamos hablando, ¿no es verdad? Y si alguna duda inquietara a alguno de nuestros lectores, quizás porque no nos hemos expresado con la suficiente habilidad, bastaría, para aventar cualquier confusión, recordar el muy sonado caso de la hoy procesada falsa “doctora”, ¿está más claro?
Un actor del montón, de esos que aparecen un tiempo en la pantalla chica mostrando sus rostros “bonitos” en telenovelas de la tarde, se animó a representar un papel demasiado “dramático” para su limitada capacidad actoral y así le fue, pues, tal como la mencionada “doctora”, ha perdido el respeto de la gente y actualmente es considerado lisa y llanamente un “chanta”. Este aventurero también atentó contra la salud de sus semejantes (en este caso sin medicar fármacos como lo hacía la “doctora”), porque indujo a muchos de sus “pacientes” a no asistir más a los consultorios médicos, ya que, según sus propias palabras, él poseía el “poder mental” suficiente (por ser un “misionero elegido para aliviar a sus hermanos”) como para curar cualquier enfermedad sin necesidad de recurrir a remedios o intervenciones quirúrgicas.
La prensa barata y los programas de chimentos fueron sus herramientas más efectivas de publicidad, con resultados increíbles en la faz económica. Lego absoluto en la materia, munido de alguna que otra información memorizada como un libreto de culebrón, el audaz actorzuelo jugó el rol de “paranormal”, obviando el principio y los principios para convertirse, de la noche a la mañana, en “experto” en Psicotrónica, Parapsicología, Reiky, Metempsicosis, Alquimia Espiritual, etcétera, sin que la cara se le cayera de vergüenza. Estafó de varias formas a las gentes que creían en sus fanfarronadas, dejando un tendal de víctimas de sus actividades que supera el millar (los investigadores suponen que jamás se conocerá la cifra cierta de damnificados, porque muchos no hicieron ni harán denuncia alguna por temor al ridículo). Como él, cientos más pululan por cuanto programa de radio o televisión les permita promover sus “poderes” y “conocimientos” extraordinarios.
No hay una regla seria que todos respeten y que de alguna manera evite la proliferación de tanto “chanta” en nuestro querido país, porque quienes tienen la potestad de promulgar leyes reguladoras son, salvo honrosas excepciones, tan o más “chantas” que la “doctora” y el “paranormal”. En realidad existen figuras penales que prevén y condenan el ejercicio ilegal de cualquier profesión, pero resultan de difícil aplicación cuando los imputados son profesionales en otras disciplinas que, por una o múltiples razones del momento, traspasan los límites legales y éticos de sus propias profesiones arrogándose derechos, conocimientos, habilidades, artes o autoridad que jamás les han sido conferidos.
Para tristeza de los lectores diremos que son más los “chantas” con títulos universitarios que las “doctoras” y “paranormales” que puedan andar por ahí. Si les cuesta creerlo tómense el trabajo de recorrer durante un mes los programas televisivos en vivo. Lo que más irrita es que los improvisados (¿podría ser de otra manera?) “fiscales” y “jueces” que se ocupan, desde los mismos medios, de acusar y condenar a los “infractores”, son, para vergüenza de la Justicia y de todo el Sistema, apenas simples conductores de programas televisivos pasatistas y algunos panelistas invitados que por cierto opinan de todo y todos con increíble ligereza.
Sin sentido común no hay vergüenza y sin vergüenza no hay honor. La sociedad es como una enorme batidora repleta de miles de indefiniciones; se agita locamente por inercia y produce una suerte de “nada con pretensión de algo” que nos convierte a todos en fantasmas sin identidad. Es una mezcla mortal, porque va destruyendo irremediablemente todo lo que es coherente, lógico o justo, desnaturalizando los principios de evolución que el hombre no puede alterar. En una sociedad así trastocada es difícil, quizás hasta imposible, que podamos iniciar un proyecto capaz de llevarnos a un final luminoso, a una concreción sólida y duradera, pues no hay mañana sin hoy ni otros pasos sin el primero.
Es que no alcanza con decir “llegué”. Las medallas inmerecidas no convierten en héroe a quien las exhibe. Todos los habitantes del país deberíamos practicar una profunda autocrítica para determinar, de una buena vez, si somos o no merecedores de la triste fama de “chantas y soberbios” que nos identifica en el exterior. Quizás, si prevalecen la humildad y la verdad por sobre las “patologías” álmicas que nos esclavizan, podamos recuperar los Principios que alguna vez nos permitieron ser Nación.
No sería tan difícil, entonces, avanzar en el camino del verdadero crecimiento, interior y material a la vez, con hombres y mujeres responsables, veraces, capaces y honrados. Cada habitante tendría roles adecuados a su capacidad y predisposición, sin lugar para ambiciones que no se ajustaran a la realidad del individuo. Entonces, sólo entonces, gobernarían los más aptos...
José Manuel Franc
Publicado en La Bisagra - Septiembre de 2000
Etiquetas: OPINIONES, REFLEXIONES

