miércoles, marzo 09, 2005

EL CONEJO Y EL PERRO

Eran dos vecinos. El primer vecino le compró un conejo a sus hijos. Los hijos del otro vecino le pidieron una mascota al padre. El hombre compró un cachorro de pastor alemán...

Diálogo entre los dos vecinos:

—¡Pero él comerá a mi conejo!

—¡De ninguna manera! Piensa, mi pastor es cachorro, crecerán juntos, serán amigos. Entiendo de animales. ¡No habrá problemas!

Y parece que el dueño del perro tenía razón. Juntos crecieron los animalitos y amigos se tornaron. Era normal ver al conejo en el patio del perro y al revés. Los niños, felices con la armonía entre las dos mascotas.

Un día, el dueño del conejo fue a pasar un fin de semana en la playa con su familia, pero sin el conejo. Eso era un viernes. El domingo a la tardecita, el dueño del perro y su familia tomaban una merienda, cuando entra el pastor alemán a la cocina. Traía el conejo entre los dientes, todo inmundo, reventado, sucio de sangre y tierra, muerto...

Casi mataron al perro de tanto agredirlo. Decía el hombre:

—El vecino tenía razón, ¿y ahora?

La primera reacción fue agredir al perro, echar al animal, para ver si aprendía un mínimo de civilidad. ¡Sólo podía dar en eso! Algunas horas más y los vecinos iban a llegar. ¿Y ahora? Todos se miraban. El perro, pobre, llorando allá afuera, lamiendo sus heridas. ¿Se imaginan cómo quedaron los niños?

No se sabe exactamente de quien fue la idea, pero parecía infalible: "Vamos a bañar al conejo, dejarlo bien limpito, después lo secamos con el secador y lo ponemos en la casita en su patio."

Como el conejo no estaba muy destruido, así lo hicieron. Hasta perfume le pusieron al animalito. "Quedó lindo, parecía vivo", decían las niños. Y allá lo acomodaron, con las piernitas cruzadas, como conviene a un conejo durmiendo.

Luego, oyeron a los vecinos llegar. Notaron los gritos de los niños. ¡Lo descubrieron! No se pasaron cinco minutos y el dueño del conejo vino a tocar a la puerta. Blanco, asustado. Parecía que había visto un fantasma.

—¿Qué pasó? ¿Por qué estás tan pálido?

—El conejo... el conejo...

—¿El conejo qué? ¿Qué tiene el conejo?

—¡Murió!

—¿Murió? ¡Aún hoy por la tarde parecía tan bien!

—¡Murió el viernes!

—¿El viernes?

—¡Fue antes de que viajáramos, los niños lo enterraron en el fondo del patio...!

Es todo. Lo que ocurrió después no importa. Ni nadie sabe. Pero el gran personaje de esta historia es el perro. Imaginen al pobrecito, desde el viernes, buscando en vano por su amigo de infancia. Después de mucho olfatear, descubre el cuerpo muerto y enterrado. ¿Qué hace él? Probablemente con el corazón partido, desentierra al amigo y va a mostrarles a sus dueños, imaginando poder resucitarlo...

El ser humano continúa juzgando a los otros por la apariencia. Otra lección que podemos sacar de esta historia, es que el ser humano tiene la tendencia de juzgar anticipadamente los acontecimientos, sin antes verificar lo que ocurrió realmente. ¡Cuántas veces sacamos conclusiones equivocadas de las situaciones y nos creemos dueños de la verdad...!

Enviado por María Lucía Stone Aguilar

(Desde Puebla, México)

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